Relatos exclusivos para Occidente

Salí del chino igual que entré: con los bolsillos llenos. Cuando le dije adiós, me respondió mirándome abajo. Supuse lo que miraba y me dio pena que no pudiéramos llegar a un entendimiento; que él se quedara con la sospecha y yo con la mala sensación de ser sospechoso. Es triste que no haya una manera bonita de arreglar estos malentendidos. Y yo tampoco soy tan buena persona, o tan estúpido, como para comprar algo con el fin de quitarle esa idea de la cabeza. Al final sería yo el que se sentiría tonto cuando saliera de la tienda, por eso y porque el problema es suyo y me lo habría traspasado yo mismo a mí mismo. Así que no le compré ni el paquete de folios. Las últimas veces sí que había comprado los folios ahí, pero esta vez habían alcanzado el precio que yo consideraba excesivo y manipulador. Excesivo objetivamente, y más excesivo para un chino. Manipulador porque es el precio exacto para que cualquiera, fácilmente, haga las cuentas y saque el precio de un folio a un céntimo. Un resultado tan redondo que incita a pensar en la belleza y justicia del momento, siendo que, en realidad, era el precio más caro que había visto yo en mi vida. Parece cierto eso que se dice de que los chinos están aprovechando que son chinos para subir los precios.
Solo había estado unos treinta segundos dentro, pero, como era cliente habitual, ningún chino se había puesto en un extremo del pasillo a vigilar mis movimientos disimuladamente. Supongo que después se sintió traicionado y se arrepentía de haberme dado ese voto de confianza. Quizás fue la única vez que no fui vigilado, y la única que salí sin comprar. “Demasiada coincidencia”, pensaría en chino el chino en su mente china.

Tres minutos y dos calles después, la primera perpendicular y la segunda paralela, me crucé con un chino, que me miró exuberante, como intentando disimular otra intención por medio de tamaña prepotencia. Iba en una de esas bicis miniatura que tanto les gusta montar a los chinos. Quizá les recuerdan a cuando les montan sus mujeres, muy pequeñas también. Cuando pasó de largo, me giré para mirar, como si fuera a frenar en sigilo y atacarme por la espalda con una llave mortal de arte marcial milenario. Pero nada de eso pasó. Solamente que él me miró también, abajo. Volvió a mirar donde me había mirado el (otro) chino del chino. Me acordé de que era el segundo chino que me miraba hacia abajo, y hasta yo mismo me miré, pero no había nada.

Giré otra calle y vi una papelería. Estaba seguro de que los folios iban a ser más baratos allí, así que entré a buscarlos. Mirando algo despistado los estantes, me choqué con un hombre que llevaba un manojo de bolígrafos azules en ambas manos. Se le cayeron bastante torpemente todos, uno a uno, e intentó cogerlos, también torpemente, dándome golpes y agachándose, o cayendo, poco a poco enfrente de mí hasta tocar el suelo con las manos. No cogió ni uno. Noté que mientras intentaba cazar los que aún volaban por los aires, me palpaba a la altura de la cintura, como si fuera un policía cacheándome, disimulando bastante mal. Pidió perdón por todo y se fue sin comprar nada.
Cuando salía de la tienda, se giró para mirarme otra vez. No me había fijado yo antes, pero era chino. Pedí papel, pero no les quedaba.

Salí de la tienda dirigiéndome a ningún sitio, pues ya no tenía ni idea de dónde comprar folios, ni en paquetes de quinientos ni de uno en uno. En un paso de cebra me paré, esperando que el semáforo se pusiera en verde. Cuando llevaba unos segundos esperando, se adhirió justo detrás a la espera una familia de chinos, dos a mi izquierda y tres a mi derecha.
Cuando miraba a la derecha, sentía que el otro lado estaba inspeccionándome con su mirada. Pasaba lo mismo cuando miraba a la izquierda, así que, como había menos chinos a mi izquierda, me quedé mirando a la derecha.
Sin darme cuenta, el semáforo se había puesto verde para los peatones y se acercaban ya dos hileras de chinos uniformados y serios. Los chinos que estaban a mis lados se empezaron a mover nerviosamente hacia mí, a la vez que las dos hileras se acercaban. Intenté caminar hacia atrás, pero me empujaron hacia delante. En cuanto me di cuenta estaba rodeado de chinos que no hacían absolutamente nada ilegal, sino que me miraban y rozaban como intentando buscar algo en mis bolsillos, y mirando para otro lado. Les dije que no tenía nada más que la cartera, las llaves, el móvil y las gafas de sol. De repente dejaron de molestarme. “Gafas de sol”, dijo uno de ellos. Se dieron cuenta de que las gafas de sol no. Ese no es su mercado.

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