El ego en los niños

Esta noticia (Niños de seis años con anorexia: la obsesión por el peso ya afecta a los más pequeños) es un ejemplo de cómo, progresivamente, los problemas, traumas, complejos, etcétera, de los seres humanos van instalándose en ellos a edades cada vez menores.
Una de las causas reside en los seres humanos más mayores, ya que son los que de alguna manera deciden cómo funciona el sistema económico, social, cultural, ideológico y otros. En un principio —aunque habría que comprobarlo, y no sé cómo, y pronto podría dejar de suceder—, los recién nacidos vienen al mundo limpios en ese respecto, sin ideologías ni teorías sobre política, cuerpo, amistad, solidaridad, derechos, deberes, cultura o dinero. Es por el contacto con otros seres humanos por lo que van desarrollando, como si fuera un contagio, el mecanismo (conocido como ego) que les creará ideas y pensamientos que les harán caer en enfermedades, traumas, conductas desequilibradas, actitudes violentas, sufrimiento y un sinfín de disfunciones humanas.
En los últimos tiempos este mecanismo está creciendo en unas cantidades y a una velocidad que quizás no se hayan dado previamente en la historia de la humanidad. Antes, quizás por no ser tan fuerte ni estar tan desarrollado, los niños podían ser niños durante más tiempo.
Los adultos entendemos como relativamente aceptable o explicable que una persona experimente trastornos de la alimentación a los veinte años —y que el resto de su vida tenga que mantener un equilibrio con su mente para llevar una existencia más o menos alegre—. Eso sí, seguramente cualquiera se horrorice al ver el título de esta noticia. ¿Es más aceptable una edad que otra?
En cualquier caso son estados antinaturales, estados que han sido alterados con respecto al estado natural del ser humano, que está olvidado en la mayoría de los habitantes del planeta. Es un estado que no tiene nada que ver con el que está mayoritariamente instalado. El ego, el mecanismo causante de tales estados, no es parte de la esencia del ser humano, y es por ello que, aunque los médicos todavía no la conocen, existe una forma, que no necesita científicos, de erradicar todos esos comportamientos desviados y anormales. No es la ciencia la que va a salvar al mundo.

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