No, aún no…

El domingo fue a visitar a sus padres, decidido ya a reventar de una vez la televisión de la casa, pero en cambio los saludó, comió y se sentó a verla junto a ellos toda la tarde, como su madre le sugirió. Unas horas después, cuando empezó a anochecer, miró el reloj y fue a decirles que se iba, pero vio que estaban dormidos. Le sobrevino entonces la idea de aprovechar ese momento para destrozar el aparato, que seguía vomitando, pero no tuvo valor más que para apagarla. Los dejó durmiendo y se fue. Cuando estaba a punto de cerrar la puerta de casa, oyó a su madre pronunciar lentamente, a duras penas, con voz de ultratumba, los ojos aún cerrados: «No…no…la tele…la tele…»

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