23 de marzo de 2016

Esta tarde me he sentado en un banco de la plaza. En un despiste mi mirada se ha cruzado con la de un señor que había por ahí. Me ha preguntado si podía hablar conmigo. Se ha puesto enfrente. Ha hablado unos 15 minutos, bastante enfadado, contándome historias sobre su oscuro pasado y la gente que le había jodido a lo largo de su vida. Lo más peculiar que ha dejado entrever ha sido que en su juventud había follado con hombres, que había sido delincuente y que había tenido cómplices policías —no he entendido exactamente para qué—. A mí no me apetecía hablar. Después se ha sentado y ha seguido hablando durante 20 minutos aproximadamente. El tono y el contenido de su conversación han dado un giro, y se ha sentado a mi lado. En este caso hablaba sobre su historial laboral, su presente y futuro, y a veces sonreía. También ha dicho que tenía por costumbre beber vino en grandes cantidades. A mi me seguía sin apetecer hablar, una situación con la que el hombre estaba encantado. Se ha puesto de pie como si se fuera a ir, pero primero ha pasado 10 minutos relatándome su biografía. En esta última fase intentaba hacer bromas, aunque eran malísimas, y se reía lenta y extrañamente. No sé qué me contaba, porque me he quedado muy concentrado mirando la línea donde el sol se convertía en sombra, que se acercaba peligrosamente hacia mí.

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