Introspección sobre el deseo

Hace años Paola señaló un escaparate y me dijo que cuando consiguiera «esas zapatillas», sería «feliz». Entonces no interpreté esa frase literalmente, sino como una forma de hablar, pero me sonó algo rara y todavía hoy recuerdo a las dos.

El objeto de deseo puede ser unas zapatillas que no se tienen, una situación vital de la que no se goza, la realización de un evento futuro, conseguir a una persona que no se tiene y cualquier cosa imaginable, siempre y cuando su logro corresponda al futuro, rara o ninguna vez si ya se ha llevado a cabo.
En realidad lo que se desea es la persona futura en la que te convertirá la consecución de ese deseo.
Suele ocurrir que la razón subyacente al deseo es la suposición de que su consecución implicará un antes y un después en tu vida, te completará con eso que te falta, te hará una persona distinta y mejor. Pero no puedes añadir nada a lo que eres ni mutar en otra persona, y menos mediante un evento.

Desear no es algo malo o negativo, siempre y cuando no sea el deseo quien tiene el control de la persona.

Cuando el deseo gobierna a la persona, esta recorre caminos tortuosos que no quiere recorrer. La mente está enfocada en el producto final, se desprecia el proceso que conduce hacia ese objetivo deseado, y así el camino se convierte en una lucha fastidiosa, casi como un obstáculo. «Lucha por tus sueños» es una frase extendida que suele tener éxito. Es posible que te encuentres deseando que llegue el final de tu proceso lo antes posible, situándote en la posición equivocada por la cual crees que el momento final —el futuro— te enriquecerá y vale mucho más que el transcurrir del camino —el presente— y que, consecuentemente, vale la pena luchar. Pero lo cierto es que si el camino no es uno de paz, el final tampoco lo será —en realidad el final no existe—. En algún momento del camino tiras tu paz a la cuneta y conviertes en obligación lo que supuestamente era un deseo, en principio, por qué no, motivo de alegría.
El deseo te mantiene alejado del presente mediante la creación de bellas expectativas sobre tu futuro, que absorben tu atención.
En ocasiones, tras conseguir el objetivo, la exaltación inicial se desvanece al poco en pro de otro nuevo deseo, que te sigue manteniendo de nuevo en tensión hasta otra fecha lejana y emocionante, viviendo así en un constante enganche a expectativas futuras sobre un ilusorio yo mejor que el actual.

La reducción o eliminación del deseo puede llevarnos a la libertad de hacer las cosas sin ansiedad por acabarlas y sin la obligación ni la necesidad de completarlas, con la consiguiente paz que eso aporta y el incremento de la calidad de presente —vida— y futuro —resultado—. No es necesario nada externo a uno mismo para ser feliz.

El deseo es también uno de las herramientas básicas del ego para subsistir. La esperanza por un futuro mejor y el posterior logro aportan identidad a la persona. ¿Qué serías sin tus deseos?

En algunos casos, no todos, para comprobar la utilidad o necesidad de nuestro deseo, podemos preguntarnos para qué en lugar de por qué.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *