Introspección sobre la comunicación con frases hechas y refranes

Como son conocidas por la sociedad y están aceptadas en general, al usarlas no se pasa tanto miedo a quedar mal, a la vez que se establece cierto acercamiento por ofrecer un elemento común.
Reducen la implicación del hablante y, por consiguiente, del oyente, ya que no suelen incluir al tú ni al yo y, cuando lo hacen, se ignora el elemento personal, ya que se entiende que la frase simplemente es como es y que no se refiere a nadie en concreto —son expresiones creadas en otro momento y lugar—. Además, la persona no hace uso de su creatividad ni originalidad, sino que recurre a la memoria y la repetición, recurso más propio de una máquina ya programada.
La frase hecha generaliza, elimina las circunstancias específicas, individuales e irrepetibles de cada experiencia y situación de la vida de cada persona, y no profundiza en ellas, cayendo así en el típico error de explicar una vida ayudándose de otras. Se deshecha el carácter único de cada momento.
Como último comentario, suelen necesitar la interpretación para extraer el significado. Esta interpretación corre por las cabezas de los presentes, fomentando la conversación mental, la autoconversación. Si la interpretación no se exterioriza, cada uno podría no haber interpretado exactamente lo mismo, lo que se traduce en un empobrecimiento de la comunicación y la relación humanas.

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