Introspección sobre las muertes de los demás

Vivimos dando por sentado que vamos a durar al menos tantos años como la esperanza de vida de nuestro entorno, hasta hacernos viejos y con suerte un poco más.
Por eso, cuando muere un anciano no nos da tanta pena ni acongoje como cuando muere un niño o un joven. Nos entumecemos un poco, pero a la vez sentimos cierta tranquilidad, porque entendemos esa muerte como correcta y lógica y porque, la mayoría, nos vemos todavía alejados de esa edad y, por lo tanto, de la muerte correcta y lógica que ligeramente suponemos.
También existe el pensamiento subterráneo de que sin la posibilidad de realizar grandes esfuerzos y actividades físicas no se puede aprovechar la vida al máximo, por lo que un anciano, al morir, no se ha perdido tanto como un joven, como si el grado de actividad fuera un aspecto de la felicidad o de la plenitud.

Cuando muere un niño o un joven, aparece ante nosotros la posibilidad de morir antes de la fecha de nuestro calendario mental y nos aterra pensar que nosotros podamos acabar también demasiado pronto. Pensamos que el joven o niño ha muerto antes de lo previsto. Se suele decir que le quedaba mucho por vivir, como si la cantidad de tiempo fuera un aspecto de la felicidad o de la plenitud. Como organizamos toda nuestra vida en torno a la idea de que moriremos viejos, tenemos decenas y cientos de planes ocultos para nuestra vida futura y al ego le disgusta mucho que le trastoquen sus predicciones, tanto más cuanta más felicidad le prometan.

En cualquier caso la muerte es vista como un error de la creación, y como tal le tenemos miedo.