Parábola sobre la inconsciencia

Una noche iba haciendo footing un hombre por el carril bici, con una bici acercándose por detrás y otra bici por el otro carril en sentido contrario. El ciclista que iba detrás del corredor empezó a resoplar algo agitado y nervioso. Ya veía desde lejos la incorrección que estaba cometiendo el corredor, que podía estar usando la acera que tenía al lado, pero no lo hacía por alguna razón desconocida. Siguió pedaleando. Vio a la bicicleta que venía por el carril opuesto, pero pensó que le daría tiempo a pasar, además de que tenía hueco, ya que el corredor se debería quitar cuando le viera cerca, obviamente por tratarse de un carril-bici. Los dos ciclistas se chocaron y cayeron al suelo. El corredor no había oído la bici porque iba con los cascos.
Tras la aparatosa caída, el hombre que intentaba adelantar le echó la bronca al corredor por ir por el carril bici. Empezó a gritarle y a hacer aspavientos desde el suelo. El corredor escuchaba en silencio, pidió perdón y se fue. Entonces, se lo volvió a explicar al otro ciclista. Además, se dio cuenta de que no llevaba luces en la bicicleta y se lo echó en cara. El otro también le pidió disculpas y reanudó su marcha.

Aunque la historia le pone de mal humor, todos sus amigos la conocen.
Aunque se hizo un esguince de la caída, fue uno de los momentos más satisfactorios que su ego recuerda. Pero esto no se lo ha dicho a nadie.

Introspección sobre los secretos inconfesables con uno mismo y con el resto del mundo

Hay cosas que le puedes contar a casi cualquier persona con la que te encuentras. Hay otras que solo a unos cuantos seleccionados. Muy probablemente te quedas algo que no te atreves o no quieres contar a nadie.
Seguramente ese secreto inconfesable se trate de un momento, una opinión, acto o experiencia que crees que dice mucho de ti y de quién eres. Compartir esa historia podría hacer que otros cambiaran la imagen que tienen de ti o te juzgaran (y quizás sea de esa imagen de donde obtienes tu identidad o parte de ella). Quizás piensas que eres según los demás te vean. Y guardando el secreto mantienes tu imagen a salvo de temidas modificaciones o aniquilaciones. Igualmente, el ocultar la idea quizás sea una forma de no reconocértela a ti mismo, lo cual tiene los mismos efectos.
Debes diferenciar entre la historia de tu vida y quién eres tú. Lo cierto es que esa historia no dice nada de quién eres ahora. No eres ningún acto (ni la historia en tu cabeza acerca del acto), experiencia, historia ni opinión, por lo que nada de eso puede alterar tu identidad real, aunque solo de pensar en contarla te estremezcas.
Además, el hecho de saber algo que nadie o muy poca gente más sabe puede hacerte sentir diferente, y eso refuerza tu falsa identidad. Ten en cuenta que muchas veces existe la excusa o pretexto de mantener el secreto por pensar que nadie te entendería. Sentirte un incomprendido podría estar también formando parte de tu identidad.

No eres ninguna historia, y mucho menos si esta es pasada. Además, en todo caso lo importante no es contar o no contar el secreto a los demás, sino poder contártelo a ti y darte cuenta de que no tiene poder sobre ti.

No temas a tus pensamientos, no eres tus pensamientos. Y ser quien eres no depende de la aceptación ni del juicio de nadie.

Introspección sobre la culpa, que ha sido tuya, y la sensación de indefensión

Es frecuente que ante la noticia de un evento negativo, desagradable o violento, algunas personas se apresuren en buscar los motivos de su existencia. A veces se procede a echar la culpa a la persona con la que más identificada se sienten, la que sienten más cercana.
Aunque quizás se deba a varios motivos, echar la culpa puede ser un método para ocultar —que no eliminar— la indefensión ante el mundo que siente esa persona.

En la necesidad de no sentirse vulnerable, la persona busca una explicación por la cual la ocurrencia o no ocurrencia del suceso desagradable esté en su mano. Esto se consigue echando la culpa del evento a la persona con la que se identifica. De este modo está en su mano, y no en la de otros ni en la arbitrariedad, pasar o no por lo mismo. Ahora esa persona cree saber cómo evitar que le pase lo mismo. Se incrementa la idea de control y así, aparentemente, la tranquilidad. Lo que parece un mecanismo de ataque es en realidad un mecanismo de defensa.

Intentar reducir las causas de lo que pasa a cuatro motivos es tan imposible como intentar separar el discurrir de la vida en eventos. Cada suceso alberga infinitos sucesos y cada suceso tiene infinitos motivos. Todos los sucesos están relacionados, y al dividirlos te alejas de su comprensión.

Introspección sobre cambiar el mundo

Cuando las soluciones a los problemas que han sido creados debido a desórdenes internos de los seres humanos atienden a las consecuencias provocadas, el remedio será temporal y no tardarán en aparecer otros problemas, ya que no se ha percibido la raíz sino el resultado o materialización de la confusión humana. Esto ocurre en todos los ámbitos, ya sea medicina, política o economía, por ejemplo. Como la causa no se ha detectado ni eliminado, las consecuencias no dejan de aflorar.
La revolución definitiva es individual, y la global, como mucho, una consecuencia de la primera. Para algunas personas esta idea puede resultar en frustración, ya que creen que es el mundo y sobre todo los demás lo que debe cambiar. O que ellos mismos tienen poder sobre los demás. El mundo, o más bien los seres humanos, deben evolucionar, pero estos solo pueden hacerlo de uno en uno. Si echas la culpa al mundo y no te haces responsable de cada uno de los pasos, movimientos y pensamientos de tu vida, te pasarás la vida en estado de espera.

Este cambio no se traduce simplemente en hacer las cosas de otra forma, aunque esto sería una consecuencia inevitable, sino en entender la vida y la existencia de una forma diferente: simplemente como es, sin aditivos como juicios o temores.
Tampoco se basa en encontrar ideas o ideologías mejores que las que hemos creado hasta ahora, sino más bien en atender a cada situación o persona con los requerimientos que esa situación o persona concreta necesite. Las ideas generalizadas y previamente establecidas alejan de tomar la mejor decisión para cada caso.

La forma más real de cambiar el mundo que está en tu mano es convertir tu micromundo en uno en el que haya paz cada instante. Para ello puede ayudar darte cuenta de que ya estás en paz total con todo y todos ahora mismo y por siempre. Sé la paz y enséñasela al mundo. Si lo haces de corazón, irremediablemente influirás positivamente en los demás, lo que sí está en tus manos.

Introspección sobre la confirmación de tus ideas

Ya sean positivas o negativas, útiles o inútiles, para poder seguir teniendo tus ideas, tu ideología, tu opinión sobre ti mismo y sobre el funcionamiento del mundo, necesitas personas y experiencias que confirmen que todo eso es así, tal como ya lo ves y lo piensas.
Cuando tus ideas son lo que conforman tu identidad, quieres seguir sabiendo quién eres. No quieres dejar de saber quién eres, no quieres morir.
Además, tus interpretaciones siempre van a guiarse por los mismos parámetros, ya que no puedes ver fuera de ti lo que no consigues ver dentro.
Por lo tanto, como ya habrás podido comprobar, el mundo es justamente como crees que es. Y cada cierto tiempo lo vas confirmando. Qué casualidad, ¿no? Y que a todo el mundo le pase lo mismo…

Introspección sobre las palabras

Las palabras sirven para entendernos, pero no debemos confundirlas con las cosas de las que hablan.
Cualquier concepto o palabra necesita otros conceptos o palabras para existir, que a su vez necesitan otros conceptos o palabras para existir, y así sucesivamente. Esto quiere decir que las palabras solamente significan otras palabras, es decir, que nunca puedes llegar a conocer la esencia de algo mediante las palabras. O sea, que para explicar qué es cualquier cosa, como por ejemplo el agua, puedes seguir preguntando eternamente «¿Y qué es eso?» a las palabras que aparezcan en cada definición, nunca llegando a nada más que otra palabra.
Por otro lado, una palabra es únicamente una sucesión de sonidos que se producen cuando vibra el aire.
No caigas en la trampa de pensar que sabes quién es alguien por conocer las palabras que se le adjuntan. Nadie es una palabra ni mil.
Nunca alcanzarás la verdad última ni la realidad absoluta dentro del mundo de las palabras. Te acercarás más cuando las ignores.
Ni las cosas ni las personas SON palabras.

Introspección sobre lo peligroso de tener razón

Dependiendo de lo identificado que estés con tus ideas, más o menos atacado por el mundo te sentirás. Es decir: cuanto más creas que tienes razón, en el momento en el que una situación o alguien te contradiga, más te esforzarás por defender esas ideas, frente a lo que surja o simplemente en tu cabeza. Y entonces: violencia ocular, gestual, verbal, física, etc.
Así, el ser humano puede llegar a matar por unas ideas, ya que siente que está defendiéndose a sí mismo. Cuando atacan sus ideas, se siente atacado él, ya que esa es su identidad. O eso cree.
Esta identificación con las ideas o pensamientos, con la mente, se conoce con el nombre de ego y proporciona una sensación del yo falsa.
La trama maquiavélica es que cuando te identificas con tus ideas no te das cuenta. De eso justamente trata la identificación, y entonces esta introspección te parece una chorrada.

Introspección sobre la libertad y la expresión

Aunque parece que para que exista libertad al expresarse, tiene que haber alguien ajeno a uno mismo, leyes o normas que la garanticen, a la hora de valorar si existe libertad en un acto de expresión hay que prestar atención al individuo y al contenido de lo que expresa. Si el contenido necesita y depende de otros para su existencia, difícilmente el acto de expresión será libre, aunque se le den todos los permisos al que se expresa. Habría que preguntarse si la persona está pensando independientemente o está sujeta a la existencia de otros para construir sus mensajes. Habría que ver para qué valdrían esas ideas si desaparecieran sus enemigos.

Si además el ser humano cree que sus ideas deben ser respetadas, toleradas, aceptadas, escuchadas, admiradas o algo parecido, pasaría entonces a ser un esclavo dependiente del público, probablemente en una relación de amor y odio.

La expresión libre no necesita ni ser publicada. La expresión auténtica y natural es independiente por naturaleza. No necesita para su existencia a nadie más que al que se expresa. No va contra nadie ni a favor de nadie, va a lo suyo. Por eso es libre. Y el que expresa se siente realizado y pletórico con el mero acto de la expresión, no necesita más y sabe que no es tarea suya ser escuchado, que su labor acaba tras el punto de la última palabra.

Introspección sobre las manifestaciones clasificadas como pacíficas

Quedarse quieto suele interpretarse como símbolo de paz, pero las leyes físicas dicen que cualquier cuerpo, incluyendo el humano, está ejerciendo una fuerza por el simple hecho de ser, estar, existir. Es la fuerza que te mantiene pegado al suelo y evita que flotes eternamente por el espacio.
Cuanta más superficie esté en contacto con el suelo, más fuerza hay que hacer para desplazar al cuerpo. De ahí que muchas veces los dueños de los cuerpos optan por sentarse o tumbarse. Así se incrementa la fuerza necesaria para su movimiento.
Toda esta fuerza es silenciosa y se ejerce sin aspavientos, justo al contrario que la que realizan las personas que los intentan desplazar o ahuyentar. Con esto se logra que parezca que la fuerza proviene únicamente de una parte.
El hecho de que se esté ejerciendo fuerza en un sentido o por un bando es la prueba de que se está empleando fuerza en el otro sentido o por otro bando.