Autor: X + Y

Introspección sobre inmortalizar los momentos

No hay duda de que esta actividad te aleja del momento. La realidad pasa a ser vista a través de una pantalla, tu atención se desvía a una cámara y a los requerimientos para que saque el mejor encuadre posible. Tu función es inmortalizar el momento que otros están viviendo, y así solo consigues perdértelo, lo cual sí es para siempre al no haber dos momentos iguales.
Además, no estar en consonancia con la constante del cambio de las formas va contra la esencia de esta vida material que disfrutas.

La documentación con fotos y vídeos de los momentos, lugares y personas podría deberse a una incapacidad para apreciar el presente, teniendo que centrarte en algo distinto a lo que está ocurriendo, acción que genera la posibilidad de contemplar en el futuro una imagen de lo que ya se te ha pasado.

Si vives el momento no puedes inmortalizarlo, y viceversa. Allá tú.

Introspección sobre la música de fondo en las reuniones

Esencialmente su función es hacer imposible que se dé el silencio completo. Para algunas personas nada más que un par de segundos de silencio total pueden resultar aburridos, incómodos o insoportables. De esta forma se evita, porque podría provocar:
individualmente, que la mente se aburra por no estar recibiendo más información o que algunos pensamientos indeseados empiecen a brotar sin control;
en la relación con los otros, que los seres reunidos se vean en la situación de disponerse a recibir y a dar una atención que quizás no están preparados para dar ni para recibir. A veces es un alivio saber que nadie nos está escuchando de verdad y que podemos atender distraídamente al resto.

Así que la música se usa para entretener a la mente y para distanciarse y no implicarse al completo en la relación. Y es paradójico, puesto que tiene apariencia de vínculo entre los que se reúnen, que dicen estar compartiendo gusto musical. Sin embargo, la relación entre las personas siempre será más profunda y real si se establece directamente y no a través de medios externos.

La presencia del silencio puede ayudarnos a descubrir quiénes somos en realidad. Y eso, obviamente, es aterrador y odioso para quien intenta, mintiendo, ser nosotros.

sospecha

sospecha de los filósofos
que inventan preguntas
y saben lo que todos

también de los científicos
que solucionan problemas
mientras crean otros

sospecha del amor
si a veces es y a veces no

sospecha de los planes
que auguran felicidad
incluyendo desastres

sospecha de lo que quieres
para qué lo persigues
sospecha de lo que te promete

sospecha de lo que haces
ahonda en las razones
y cuestiona que las sabes

sospecha de tener ideales
si hacen que te enfades
con quien no los tiene iguales

sospecha del camino
de convertirte en otro yo
si solamente uno nació

Introspección sobre las muertes de los demás

Vivimos dando por sentado que vamos a durar al menos tantos años como la esperanza de vida de nuestro entorno, hasta hacernos viejos y con suerte un poco más.
Por eso, cuando muere un anciano no nos da tanta pena ni acongoje como cuando muere un niño o un joven. Nos entumecemos un poco, pero a la vez sentimos cierta tranquilidad, porque entendemos esa muerte como correcta y lógica y porque, la mayoría, nos vemos todavía alejados de esa edad y, por lo tanto, de la muerte correcta y lógica que ligeramente suponemos.
También existe el pensamiento subterráneo de que sin la posibilidad de realizar grandes esfuerzos y actividades físicas no se puede aprovechar la vida al máximo, por lo que un anciano, al morir, no se ha perdido tanto como un joven, como si el grado de actividad fuera un aspecto de la felicidad o de la plenitud.

Cuando muere un niño o un joven, aparece ante nosotros la posibilidad de morir antes de la fecha de nuestro calendario mental y nos aterra pensar que nosotros podamos acabar también demasiado pronto. Pensamos que el joven o niño ha muerto antes de lo previsto. Se suele decir que le quedaba mucho por vivir, como si la cantidad de tiempo fuera un aspecto de la felicidad o de la plenitud. Como organizamos toda nuestra vida en torno a la idea de que moriremos viejos, tenemos decenas y cientos de planes ocultos para nuestra vida futura y al ego le disgusta mucho que le trastoquen sus predicciones, tanto más cuanta más felicidad le prometan.

En cualquier caso la muerte es vista como un error de la creación, y como tal le tenemos miedo.

a veces

a veces
cada historia que oyes es
un ladrillo más que construye tu
miedo a la vida

cada escena que ves es
un pilar más que sostiene tu
miedo a la vida

cada conclusión que desprendes es
una teja más que cubre tu
miedo a la vida

a veces
tienes que estar alerta
porque si no lo estás
corres el riesgo de que tengas
cada día un poco de miedo más

Introspección sobre la primera persona del plural

El uso de la primera persona del plural puede ser la versión mental del viejo truco de opinar y actuar mezclándose entre la multitud, para así no responsabilizarse de lo dicho. Al ego le encanta guardarse siempre algo e intentar pasar inadvertido, y este caso se añade al del infinitivo.
En esta ocasión se utiliza «nosotros», «nos» u otras formas cuando en realidad se debería utilizar la correspondiente del singular.
Así el que habla se confunde con la masa, donde uno encuentra esa protección tan cálida que proporciona el respaldo de la cantidad y que anestesia la tristeza por no atreverse a ser uno mismo.
En este caso es muy obvia la identificación con el pensamiento, ya que el que habla quiere evitar que se le descubra por ese pensamiento —como si eso fuera posible—, y por eso elige difuminarse entre la muchedumbre.

Nota: puede haber otros usos de la primera persona del plural, como el de incluirse a uno mismo para atribuirse méritos o acciones de otros.

Introspección sobre ser alguien por los actos

Cuando seguimos la lógica de que los actos tienen un significado y definen quiénes somos, podemos vivir indefinidamente como esclavos del hacer a modo de instrumento para sentirnos vivos o para ser alguien. Una vez se entra en esta dinámica nunca se acaba, puesto que no existe un acto definitivo que complete a una persona totalmente, le dé la satisfacción permanente, la convierta para siempre en alguien o le haga ver la verdad de que simplemente es quien es, no puede ser más de lo que ya es y siempre ha sido.

Si nos suceden cosas desagradables, eventos que aparentemente escapan a nuestro control o imprevistos luchamos contra ellos rechazándolos mentalmente porque creemos que han tenido consecuencias sobre nuestra identidad, que han alterado nuestra esencia o condenado para siempre. Ese rechazo a nosotros mismos nos puede llegar a provocar más estrés y ansiedad que los propios sucesos, aunque darse cuenta de esto puede costar debido a la lógica que estamos siguiendo. Además, podemos ponernos a realizar actos de calidad opuesta para contrarrestar el efecto que esos otros actos tuvieron en nosotros, con lo cual la esclavitud en torno al pasado se aumenta. Actuar suele ser mejor que no hacer nada, pero ni el acto que eliges ni el que no eliges puede cambiar quien eres.

Esta lógica de pensamiento también puede evitar que hagamos cosas que nunca hemos hecho, que nunca hemos visto hacer a nadie, puede minar nuestra iniciativa y creatividad y desactivarnos para la adaptación, el cambio y la evolución. El miedo subyacente a perder nuestra identidad y a convertirnos en algo nuevo y desconocido puede ser tan fuerte que nos alejemos de experiencias que intuyamos transformadoras o que auguren resultados revolucionarios. Puede también darse el caso de que reprimamos pensamientos que tenemos —haciéndolos así más fuertes, justo al contrario de lo que queríamos— por el temor a que esos pensamientos nos conviertan en alguien que no queremos ser.

Los actos pueden decir algo de una persona, pero no la convierten irremediablemente en nada.
Los actos son en pasado. Y tú eres en presente.

posesión

por qué esa idea de tener a esa persona
que tanto te gusta
por qué ese impulso de comprar
lo que es bonito
por qué esa necesidad de poseer
lo que te atrae
¿acaso crees que va a llenar
un vacío que es mental?

Introspección sobre el uso del infinitivo y otros

Algunos ejemplos:

Infinitivo: «Agradecer a los asistentes…»
Participio: «Enfadado por lo sucedido…»
Adjetivo: «Contento por haber podido…», «Feliz por el resultado de…»

Poner infinitivo donde debería haber una forma verbal conjugada permite al locutor que los demás supongan que es él el sujeto protagonista de la historia que cuenta, pero sin tener que expresarlo específicamente. «Agradecer…» no dice quién está agradeciendo, pero locutor y oyente lo dan por hecho.
Esta es una manera de distanciarse —infinitivo, gerundio y participio son formas gramaticalmente impersonales— de lo que se quiere expresar, un método para hablar sin implicarse en el discurso, para impersonalizar el mensaje.
Es frecuente que se use para hablar de uno mismo, sentimientos, pensamientos, para disculparse, pedir perdón o agradecer, por ejemplo. A algunas personas el uso de estas formas puede suavizarles el mal trago que resulta de sincerarse y abrirse a los demás o, quién sabe, de mentir.
En la actualidad el abanico parece seguir ampliándose más allá de las formas impersonales, siendo el objetivo siempre evitar el pronombre personal y el verbo conjugado, con la correspondiente información de la desinencia —que incluiría el sujeto, aunque estuviera omitido—.

Resulta casi lógico, dada la impersonalidad, que esta sea una práctica tan extendida en las redes virtuales y medios de comunicación, a menudo cuando una persona, a través de una máquina, se dirige a cientos o miles que no ve o no conoce. Aunque hay que decir que también se usa en reuniones, conferencias y similares.
Mientras nos esforzamos por personalizar nuestra ropa, nuestro coche, nuestra casa, nuestro móvil y todo tipo de objetos —e incluso mascotas— vamos despersonalizando nuestras relaciones humanas.