Ayer lunes salí

Ayer lunes salí.
Desnudo.
Eran las dos de la madrugada.
Anduve media hora.
No hubo ruidos.
Extrañado.
Seguí otro rato.
Sirenas a lo lejos.
Me colé en un portal.
Bajé al garage.
Intenté abrir los coches. Solo entré en tres.
En uno me quedé dormido.
En otro despierto. Eran asientos de cuero.
El tercero tenía las llaves puestas.
Arranqué, revolucioné a fondo y apagué.
El móvil me asustó. Solo era un mensaje.
Seguía desnudo, claro.
Me fui. A la calle.
Un gato pasó por delante.
Salté la valla de una urbanización privada.
Salía luz de una ventana.
Esperé mirando hasta que se apagó.
Ya no había nada.
Meé. Cagué. En el jardín.
Oí ruidos fuera.
Pude seguir el rastro.
Resultaron ser más gatos.
Eran más de las cuatro.
Iba aún desnudo, claro.
Apareció un vagabundo.
Le pregunté algo.
Ni me veía.
Iba borracho.
Me fui. Hacia casa.
Subí al ascensor.
Me quedé una hora.
Tres o cuatro siestas.
Me despertaron las puertas.
Reaccioné a tiempo.
Puse en medio la pierna.
Pulsé el quinto.
Qué vergüenza.
¿Habría alguien justamente en mi piso?
Seguía desnudo, claro.

No, aún no…

El domingo fue a visitar a sus padres, decidido ya a reventar de una vez la televisión de la casa, pero en cambio los saludó, comió y se sentó a verla junto a ellos toda la tarde, como su madre le sugirió. Unas horas después, cuando empezó a anochecer, miró el reloj y fue a decirles que se iba, pero vio que estaban dormidos. Le sobrevino entonces la idea de aprovechar ese momento para destrozar el aparato, que seguía vomitando, pero no tuvo valor más que para apagarla. Los dejó durmiendo y se fue. Cuando estaba a punto de cerrar la puerta de casa, oyó a su madre pronunciar lentamente, a duras penas, con voz de ultratumba, los ojos aún cerrados: «No…no…la tele…la tele…»

Hicieron las leyes

Para los que quieren tener la razón,
pero no usarla entre dos,
para los que quieren perderse
entre papeles que establecen límites
que solo existen en papeles,
para el que ha perdido la capacidad de entenderse
con los que son como él,
para el que necesita como excusa la antelación de los demás,
para el que busca y precisa otro papá y otra mamá,
para los que buscan la estabilidad,
aunque siempre está por llegar,
para el que cree que un día
la ley se perfeccionará.

Relato poco erótico

Son algo más de las nueve, cuando empieza a ser de noche, pero aún está atardeciendo. En un pegajoso día de agosto este es el momento perfecto para salir de casa. Después de haber pasado el día en la terraza del ático entre cervezas y algún cruce de miradas, creo que refrescarme en la playa me vendrá bien. Todos coinciden en esa idea, aunque ellos no tienen problema en retozar con sus parejas, ni en público ni en privado. Decido quedarme sentado disimulando con el móvil mientras los demás van levantándose y cogiendo las toallas para salir. Llevo un rato con la mirada perdida imaginándome cosas que nunca te haré y con el bañador se nota demasiado.
En menos de un minuto consigo tener todo bajo control, aunque sigo siendo consciente de que no estoy fuera de peligro. Ya se sabe lo caprichosa que es la mente cuando se pone a desear objetos o personas. Cuando me levanto, empiezo a pensar en el momento en el que, cogiendo una lata de la nevera, nuestras manos se han chocado. No me acordaba de que podía ser tan susceptible al roce de tus dedos en la palma de mi mano y, a la vez, empiezo a dudar que tú hayas pensado que en ese momento yo te habría follado justo ahí, contra la misma puerta de la nevera, aunque estuvieran todos en la terraza. No se habrían enterado, con haber sido rápidos y silenciosos habría sido suficiente.
Cojo mis cosas, actuando como un autómata para evitar crear pensamientos, y salimos del piso. Por hacer el tonto, nuestros amigos empiezan a empujarse para bajar en el ascensor todos a la vez. Justamente, como no podía ocurrírsele de otra manera a las inamovibles fuerzas del universo, me toca estar apretado contra tu bikini. El mismo bikini que perdías, noche tras noche, el verano pasado en tu piscina. Y veo en el espejo tu fina y tersa tripa unos instantes. Cómo me gustaría dar vueltas por ahí con mi lengua durante horas. Enseguida miro hacia otro lado, aunque los ojos los sigo teniendo abiertos como platos. No sé si me has visto. No sé si has notado nada. Tampoco quiero saberlo. De repente empiezas a mover tu culo suavemente contra mi polla, y me empiezo a sorprender y empalmar a partes iguales. Paras, y respiro aliviado. Y vuelves a hacerlo otra vez. No quiero saber si lo haces a propósito o es por estar todos tan apretados. De fondo los oigo gritar y hacer el tonto, y me empujan contra ti. Paras de moverte y se me queda la polla pegada a la tripa y contra tu espalda, entre los dos. Sé que ahora la estás notando. Me acerco a tu cuello y, entre soplido y soplido, pronuncio lentamente las dos sílabas de perdón, aunque no sé si consigues entenderme del bullicio que están provocando nuestros amigos. Entonces el ascensor llega abajo, y del frenazo que provoca me da tal gusto que resoplo contra tu nuca, haciendo ondear tu brillante pelo rubio a unos centímetros de mí. Ese mínimo movimiento junto con la evocadora visión de tu cuello ha sido suficiente para dejarme paralizado. Hemos llegado a la calle y la polla me está asomando por el bañador. Por suerte tengo la toalla para que nadie vea mi erección, aunque al salir del ascensor, tú delante de mí, te giras levemente para echar una mirada curiosa. Creo ver que sonríes al volver la cara. Viendo tu culo andando delante de mí, que en mi cabeza mueves de esa manera únicamente para seducirme, me entran unas ganas terribles de bajarme los pantalones, apartarte el bikini, y metértela mientras caminas delante de todo el mundo, aunque sea solo una vez y nadie vuelva a querer verme nunca más. Estoy seguro de que mientras tanto podría susurrarte algo en la oreja para convencerte de que yo y mi pene somos lo mejor para ti, de que nadie te va a follar nunca con más ganas. El mundo en el que vivimos no tolera esas actitudes y, aunque yo aceptaría tu rechazo y no te forzaría, aun así, pese a mi pacifismo, nadie lo entendería. Nadie excepto tú, estoy seguro. Con esta idea en la cabeza me cabreo y se me baja todo. Pienso en ir a la playa y pasármelo bien.

Una vez allí, tumbados todos en la arena de la playa, veo tus maravillosas piernas al sol, esas que guardas siempre tan apretadas dentro de los estrechos vaqueros azul claro que te pones. Ahora están ahí desnudas para mí. Ahora veo su carne, y sus formas. Son largas y estilizadas, ágiles. Podría follármelas y correrme en ellas, no necesitaría más. Fantaseo con ello, con que a esto también podrías acceder si te lo propusiera, ya que no tendría que penetrarte ni follarte y técnicamente no serían cuernos. ¿Aceptarías? No tendrías que hacer nada y estarías ayudando a que me calmara. Eres tan buena persona que creo que me dirías que sí. Me estoy empezando a volver loco y me están entrando ganas de hacerme una paja. Si me fuera a jugar con las olas podría intentar disimular, pero estamos demasiados.
Una vez en el agua, todos jugando en círculo a pasarnos la pelota, me encuentro más tranquilo. Estás lejos, no te tengo al lado ni rozándome. De repente, la pelota se dirige al centro del círculo y voy hacia ella para que no caiga. Al saltar para golpearla veo tu cara, que se dirige hacia mí sonriente. Instintivamente, en el vuelo, miro hacia abajo: quiero verte las tetas dentro del bikini lo más posible, quiero recordar cómo son. También miro más abajo. Como un desesperado me intento aprovechar de esta oportunidad azarosa para ver partes de tu cuerpo que no debería estar mirando. Amortiguo mi caída para no hacerte daño. Y entramos juntos al agua, casi como abrazados. En unos instantes que parecen minutos nos miramos sumergidos, y tú riéndote me acaricias la cara con la palma de tu mano. Yo interpreto eso como una proposición de vía libre y voy directo a la parte de abajo de tu bikini. Te toco un poco por fuera, lo que parece sorprenderte por un segundo y encantarte al siguiente. Entonces meto mi otra mano por dentro apartando un poco el bikini y acercando mi polla sin darme cuenta, que se acaba de poner dura, para metértela. Miro incrédulo cómo entran en contacto nuestras pieles, y entonces me doy cuenta de que podrían estar viéndonos. Rápidamente buceo hasta la pelota y la saco como si nada hubiera pasado, mirando a todos disimulando.
Nadie se ha enterado de nada. Unos están haciéndose aguadillas, otros mojándose entre sí y otros corriendo por la orilla. Están pasándoselo demasiado bien como para pararse a imaginar que estábamos haciendo algo bajo el agua. Y entonces me arrepiento de no habértela metido, solo un poco, de haberme quedado con un leve contacto de nuestras pieles; porque seguramente no vuelva a tener una oportunidad así otra vez.
Automáticamente, decido irme al piso. Necesito una ducha fría, congelada, y correrme de una vez. Sin mirarte, aviso a todos de que me voy un momento a coger algo. Me dicen que no tarde y emprendo el camino.
Al minuto me sorprendes apareciendo a mi lado:

– ¿Qué haces? – te digo nervioso.
– Nada, que te acompaño si no te importa.
– Ah, no. Da igual, como quieras. No hace falta, ¿eh?
– Ya, pero me apetece caminar un poco.

Seguimos caminando y no volvemos a hablar en todo el camino. Yo tengo la mirada solidificada en el horizonte, y una cara de gilipollas que no quiero que veas y que tienes a tu disposición para mirar, lo que hace aumentar mi estupidez.
Entramos en el recibidor y llamamos al ascensor. Paso yo delante y le das al botón. De repente cierras los ojos, te apoyas contra el espejo y te empiezas a tocar. Me quedo mirándote: ya no me siento tan estúpido. No puedo articular palabra, como en otras ocasiones entre tú y yo. Ya estoy empezando a latir más rápido y a poseerme. Pensar en lo que queda me vuelve loco. Y abres los ojos y me miras. No podemos desaprovechar esta oportunidad de oro. Me vas a dejar que haga lo que quiera contigo hasta que no pueda más. Pienso en la suerte y el privilegio de volver a follarte.
Entramos en casa y, sin saber por qué, comprobamos que todas las habitaciones estén vacías. Nos metemos en cualquiera y rápidamente me empujas a una silla para sentarte encima de mí, a la vez que me metes la lengua como nunca me la habían metido antes, instante en el que pienso lo que me gustaría meterte mi polla por el mismo sitio. Pero justo antes de caer sobre mí descubres que ella ya está dura, dura como una piedra, y preparada para ti, para barnizarse por el interior de tu vagina, y casi queriendo explotar ya.
Notas su deseo, sientes su poder, y cómo ella gobierna a su dueño, que ya no controla nada desde que la has despertado para hacer lo que tú le mandes, que es tu esclava, y su vida y muerte dependen de ti. Sabes que ya está preparada, que ya podría estar ella dentro de ti, moviéndose arriba y abajo, dentro y fuera, que no han pasado ni unos segundos y ya podría metértela toda. Al mirar hacia abajo ves que ya vuelve a asomar al exterior, por encima del bañador, la punta de mi glande, con ganas agresivas de salir.
En un momento aprovecho bajarte el top y te estoy comiendo las tetas como si fueran una comida más, y realmente pudiera morderlas y quedármelas dentro de mí. Acariciándome la cabeza, en la medida que puedes, te sientas del todo encima de mí, liberando así, sin querer, toda la polla, y dejándola al descubierto, con el bañador a la altura de los huevos, apretándolos y levantándolos hacia arriba. Todo mi pene está fuera, y ya puedes apreciar lo duro y erguido que lo tengo. Te has dado cuenta de lo que has hecho y no puedes evitar que tu mano vaya hacia él, para apretarlo, sintiendo ya totalmente su dureza y solidez. Lo agarras y empiezas a subir y bajar. Deseas que esté dentro de ti, que te lo meta sin parar, y que se quede ahí, una eternidad, o dos, o más tiempo aún; pero ahora mismo no puedes soltarla y seguir haciéndome una paja mientras te sigo comiendo las tetas.
Durante unos minutos, que pasan como un suspiro, intentas hacerla crecer y endurecerse lo más posible, ni un poquito la querrías por debajo de su capacidad. La preparas con gusto para cuando vaya a estar dentro de ti. Yo me dedico a clavarte mis dientes en el cuello una y otra vez, y una y otra vez tú lo apartas cuando empiezas sentir demasiado dolor, pero una y otra vez lo vuelves a poner para mí y lo estiras para que yo pueda morderte cuanta más carne mejor.
Mides, con la fuerza de mis dientes, lo cachondo que me estás poniendo con la paja y, cuando ves que me estoy pasando y te estoy haciendo demasiado daño, empiezas a usar la otra mano también para moverla por debajo, tocando y acariciando todo lo que encuentra a su paso, mientras con la primera no paras de hacer engordar a mi ya enfurecido pene. Consigues así que sea incapaz ni siquiera de morderte como un animal. De repente, aunque sigues acariciándome con una mano, sueltas la otra de mi pene, que por arte de magia se endurece un poco más. “Ahora , ¿qué?”, dice la expresión de tu cara. Y la respuesta es que vuelves a cogerme la polla con la mano, desde arriba, y bajas de golpe hasta abajo. En cuanto cierro los ojos tienes ya mi polla en tu boca y me empiezas a chupar con los labios la punta mientras subes y bajas con la mano. Dos minutos después te cojo en brazos, dándonos la vuelta y tirándote en la cama. Casi antes de que caigas solo puedes ver el pelo de mi cabeza, porque ya estoy entre tus piernas y mi lengua se está abriendo paso por el océano que se está derramando en tu coño.
Durante varios minutos, en los que tú no me tocas a mí excepto para arañarme la espalda de vez en cuando, consigues que mi polla siga igual de dura, solo con la ayuda de tus gemidos.
Cuando parece que no vas a tener fuerzas para más, consigues, sin que me dé tiempo a darme cuenta de cómo, ponerte encima. Nos caemos al suelo, con mi espalda apoyada en la cama, y cuando nos damos cuenta ya está dentro.
A mí siempre me ha sorprendido cómo se desliza cada vez que se acerca a la entrada; se desliza sola, atrayéndose, como si hubiera un imán que al acercarse le hiciera resbalar dentro. Estás siempre demasiado mojada que de repente ya está ahí. Y a ti siempre te han gustado esos agradables sustos que te provoca toda esta situación.
Sintiendo el primer azote nos quedamos unos instantes parados, hasta que la energía se ha expandido por cada parte del cuerpo. A la primera penetración le siguen unos minutos de movimientos lentos y suaves, que tú cada vez comienzas desde un poco más arriba y más rápidamente. Mientras soy capaz, yo te ayudo con las manos, agarrándote del culo, del muslo, de la cintura. Al final, mirándome obsesivamente, vas subiendo y dejándote caer sobre mí, repitiendo este movimiento hasta que me dejas paralizado y lo único que puedo hacer es seguir con mi mirada fija cómo subes y bajas, apoderándote de mí, con las uñas rasgando las sábanas.
De repente me abrazas, te acercas a mí y huelo tu pelo. Te encanta que me ponga como un perro loco cuando te huelo y jadeo como si no hubiera follado en años, tanto que se me mete tu pelo por la boca. Tú te metes en mi cuello y me empiezas a chupar y lamer. Seguimos así, pero no mucho rato.
Y entonces, ¿qué?
Hemos cometido el error de acabar esto, de llevarlo al final, aunque queríamos que durara para siempre. No fuimos capaces de evitarlo. Volveremos a ello, a ponernos y a desear que nunca acabe, para volver a acabarlo. No hay por qué preocuparse, somos humanos. Seguro que volvemos a cometer el mismo error.

Folio en blanco

Hoy me he levantado y he organizado todas mis creencias. Con ayuda de algunos periódicos, he afianzado mi repulsa hacia las últimas maldades que se están cometiendo, a la vez que realizaba algunos ejercicios recordatorios de los horrores a los que puedo verme sometido, teniendo en cuenta dónde vivo.
Cuando he acabado, antes de actualizar algunas ideas que puedo tener anticuadas —con ayuda de algunos noticiarios alternativos—, he recordado mis miedos personales y algunas penas y tristezas.
Luego he hablado con unos amigos para que me pongan al corriente de las novedades que se me han pasado por alto, no quiero que me pille el toro sin opiniones. También les he expuesto mis puntos de vista sobre los temas que han surgido, siempre razonando y argumentando las ideas en base a toda la información que he oído o leído durante la mayoría de los años de mi vida.
No he dado la razón a nadie que tuviera una opinión distinta a la mía; con todo lo que sé, está claro que los demás están equivocados y yo no.
Al final del día, no sé por qué, estaba agotado.

La historia oculta de John

I

John, cuando era un adolescente prematuro, hizo un examen del que es preciso decir algunas palabras.
Como por entonces ya no sacaba buenas notas en el colegio, fue animado por su tía (poco después de nacer pasó a vivir con ella) a probar suerte en una escuela de música. A John no le interesaba del todo la idea, pero aceptó, ya que, en todo caso, no sería peor que el colegio, y sabía que a su tía le hacía ilusión.
Pero suspendió. Ella, que hasta el último segundo estuvo emocionada con la idea de que este fuera su camino en la vida, le hizo ver que era un fallo sin más, y que ello no debía poner en duda su valía para la música. Que podría hacer otros y en otro momento, ya aprobaría más tarde. John, que era bastante inteligente e intuitivo, percibió en sus ojos la mirada de la tristeza por el fracaso ajeno, por mucho que sus cálidas y suaves palabras le tentaran con la tranquilidad y la despreocupación que cualquier otro joven de su edad habría asumido sin problemas.
La futura estrella podría haber aceptado el resultado de ese examen sin más consecuencias, pues en el fondo lo hizo solo por su tía, pero precisamente por eso —y porque vio ahí una alternativa al colegio— se encargó a sí mismo eliminar de la vida terrenal a la profesora que le rechazó en la escuela. No por placer, sino para poder acceder a ella.
El hijo de esa mujer, cuando por su cuenta consiguió desenmarañar la trama del asesinato, tantos años después, se acercó a aquel hotel y le disparó por la espalda.

 

II

John, debido al temprano abandono de su padre y madre, adquirió un estado sentimental muy peculiar con respecto a la relación con su tía. Por un lado, había perdido a su madre a una edad suficientemente avanzada como para no ser capaz de asociar la figura maternal a otra mujer. Jamás conseguiría encontrar otra madre, ya la había tenido y perdido. Por otro lado, no había pasado el suficiente tiempo como para asumir el parentesco, y sus consecuencias represoras, entre su madre y su tía. Al no haber tenido una relación fuerte y duradera con su madre, ¿cómo iba a ver a su tía como lo que es una tía? ¿Cómo podía comprender lo que significaba una tía? No llegaron a establecerse en su cabeza la profundidad de los lazos familiares típicos que cualquier otra persona habría asimilado. Su madre consiguió alojarse en su inconsciente, pero su tía se quedó a medio camino, en tierra de nadie.
Le resultaba natural, por lo tanto, mirar a su tía como a una mujer más.
Todo esto, mezclado con los cariñosos cuidados y las grandes cantidades de atención que Mimi vertió siempre hacia su sobrino, hicieron que John, a pesar de lo confundido que estaba y con ayuda de los largos periodos que intentó él solo reprimir sus íntimos deseos, acabara por abordar a su tía en múltiples ocasiones. Ella, siempre intentando disuadirlo y restando importancia a sus actitudes, no acababa de entender las causas y decidió que debía hablar con la persona en la que más confiaba.
Lo llevó a ver, durante varios meses, al hombre con el que ella solía pasar los fines de semana, porque durante la semana tenía que controlar al joven, bastante gamberro y desmedido. Al hombre no le acababa de parecer del todo bien la relación, y le fastidió que además le hiciera ocupar parte del poco tiempo que tenía para ella, pero también vio una oportunidad para entablar relación con John con el propósito de distanciarle, sin malas intenciones, de su tía. Creía que era un error que un chico de su edad necesitara tanta atención.

Con las sesiones en las que John y Antoine conversaban en el salón de la casa de aquel hombre, la extraña atracción de John fue disminuyendo. Según Mimi, Antoine y John cada vez necesitaban verse menos. Y John, a su vez, gracias a esta curación, empezó a pasar menos tiempo con Mimi. Estaba más tiempo centrado en estudios y labores ordenadas y requería menos atención personalizada. Así, ella podía pasar más tiempo con Antoine, aunque nunca dejaba de estar pendiente y de preocuparse por John. Era una nueva situación y Mimi no conseguía acostumbrarse del todo. Para Antoine estaba claro que esta situación era la lógica, que John hiciera su vida sin contar con su tía.
Al tiempo de que John ya no visitara en absoluto a Antoine con el fin de tener esas largas charlas moralizantes, Mimi comenzó a echar de menos la presencia casi permanente de John a su lado. Es por ello que, en los ratos que John pasaba por casa para comer o simplemente descansar porque no tenía ningún plan, Mimi aprovechaba cada situación para, sutilmente, aludir a sus antiguos instintos. No es que quisiera que John volviera a abordarla, ya que eso era un problema que había sido solucionado, pero, aunque fuera sin que él se enterara, necesitaba sentir que estaba seduciéndolo. Con John presente, su escote se ampliaba, sus camisetas se apretaban, o se le caía la toalla misteriosamente en mitad del pasillo cuando salía de la ducha. A Mimi la sola creación de esas escenas ya le daba la alegría que necesitaba.
Al principio John ni se enteraba de que todo eso iba dirigido a él. Incluso veía cómico que su tía hiciera cosas tan, según él, raras para su edad. Poco a poco, John vio cómo tenía que esforzarse para no hacer caso a esas señales, y le iba costando controlarse cada vez más. Sentía que antiguas sensaciones estaban volviendo a surgir. Se preguntaba qué es lo que realmente quería, y por qué no debía hacer caso a sus deseos, por raros que fueran.

Tres chicas de recuerdo

I
Más de diez años después he olvidado toda la noche, excepto esos cinco segundos. Se me acercó sonriendo y me sugirió que fuéramos al baño. La discoteca pinchaba una canción de dos jovencitas lesbianas; las cuatro —las lesbianas, la canción y Sonia— se llevaban por aquel entonces todos los vítores. Me atreví a rechazar su invitación, porque para mí lo máximo en aquella época era salir de fiesta con pantalones de rapero.

II
He pasado casi todo el día viendo cine y sin dejar de pensar que ya no sé disfrutarlo como de pequeño. Ahora capto cualquier sensación de los protagonistas y las intenciones del director con cada escena, los análisis y los juicios rebotan por mi cabeza sin parar. Preferiría ver las imágenes que llegan a mis ojos sin interpretaciones fusilándome. Después de cada película he pasado unos veinte minutos tumbado intentando asimilarla.
De camino al bar donde habíamos quedado, al observarme dando pasos en soledad, me han venido a la mente aquellos momentos de guerra fría colegial en los que unos y otros intentaban imponerse sobre otros y unos acelerando el paso o entrometiendo la mano y la voz con la excusa de ofrecer el relato de la mejor de las historias vividas por un ser humano. Estos amigos, o compañeros, iban orientando sus vidas hacia el enfrentamiento con los demás, y ya empezaban a poner en práctica métodos para hacerse con el primer puesto social, mediante la exageración de la visibilidad de uno mismo y la invisibilidad del de al lado.
¿Es eso que cae una hoja o un pájaro? Si pienso en una hoja, parece un pájaro. Y si pienso en un pájaro, veo una hoja. Esta mañana no hay nadie por la calle, como todos los domingos. Solo aparecen individuos corriendo o parejas paseando y la mitad son visiones provocadas por lo que tomé anoche. Encima, esos dos se han puesto a discutir. No he podido evitar, cual padre empedernido en sus labores salvadoras, lanzar unos alaridos con un mensaje, a mi parecer iluminador, sobre la inutilidad de las discusiones y sus causas profundas. Sin éxito: aprenderán discutiendo que no hay nada que discutir. Y qué hay peor que una pareja discutiendo. Ya casi nunca me apetece discutir, aunque la chica de antes era muy dura. Dudo que me llame. Me ha costado mucho convencerla para intercambiar teléfonos. Para los besos menos. Qué labios tan tiernos, ¿la volveré a ver? Claudia, creo…

III
Cené con ellas en un sitio cualquiera; con ella y su madre. Invité. O, más bien… pagué. Las que me invitaron fueron sus miradas. En el momento en que la cajera anunció el total de euros, sus ojos las convirtieron en cámaras de seguridad: que están allí, viéndote, pero a la vez no. Me pareció haber pedido tres menúes para mí. «Míralas, parecen dos gatitas hambrientas que no saben ni qué es el dinero, que solo quieren que su ‘papito’ les dé de comer…», le oí decir a mi contaminada mente. Procedí con un billete de veinte y algunas monedas, era lo que aún quedaba en el bolsillo del sueldo de la última semana.
Por la extrañeza de la situación y mis sensaciones, al día siguiente me curé en salud escribiendo hasta la frase anterior. Si algo salía mal siempre podría transformarlo en un texto más y, sin mucha maldad, hacerlo público. No creo que se entere, estoy casi seguro de que Paola leía lo que yo le daba, pero no creo que nunca vaya ella a buscarme.

La fiesta musical

Llego como de puntillas a la fiesta: si hago mucho ruido podría levantar demasiadas expectativas. Y no hace falta ni que salude, ya están todos hablando unos con otros. Algunos me miran de reojo, pero vuelven rápidamente la vista a sus grupos: ¿romper el hielo otra vez para quién sabe si una total ausencia de química? Bastante música de fondo, algo de ruido y conversaciones que ya he oído en otras fiestas. Me uno a un grupo, aprovechando que no me hacen mucho caso y siguen a lo suyo, y me pongo a imaginar lo que se va a decir a continuación. Al poco, viendo que acierto casi todo, empieza a entrarme la risa, de modo que paso de ser invisible a ser penetrado por las miradas disuasorias de cuatro forajidos a punto de desenfundar. Enseguida se me pasa el subidón de tal tontería, así que busco asiento en un hueco de un sofá, desde donde me pongo a observar. A lo lejos veo a unos manejando y compartiendo diferentes sustancias delusorias, supongo que para pasar la fiesta de una forma más amena y evasiva, pero justamente por sus efectos sólo consiguen crear expectación alrededor. Toman un poco de esto, de aquello y de lo otro, que no se acaba nunca, y parece que así soportan mejor a ese grupo que no para de insistir en preguntarles sobre sus viajes siderales, con una curiosidad de primera categoría que no ha vencido, todavía, las decadentes enseñanzas de su pasado. Al fondo está el grupo más numeroso: quince cuento en total repantingado en mi humilde trono. Estos, mucho más correctos, se intercambian bebida y comida, se ríen a medio gas, se sonríen incesantemente, y miran hacia dos o tres puntos, los cuales se encuentran sostenidos en el aire. Ese pequeño cosmos armónico no tiene fisuras. Me acerco buscando algún hueco por donde asomarme al interior de aquella circunferencia vacía, pero ninguno está dispuesto a cambiar la compañía de al lado por una desconocida. Eso me lo dicen su codo disimulado y la sonrisa intranquila que lo acompaña, que yo compasivamente decido traducir en disculpa, ahorrándose así las palabras que no consiguen pronunciar. Desconocedor yo del cansancio, consigo meterme entre dos chicas y exhalo un ruido hueco incomprensible que pretendía querer decir «Hola», mientras agacho la cabeza para seguidamente pasar a mirar hacia uno de esos puntos flotantes. Por suerte, enseguida comprendo que lo que estoy sufriendo es el primer síntoma del contagio y, sin pensarlo dos veces, me doy la vuelta y salgo rumbo al sofá sin mirar atrás.
Se me va un largo rato ensimismado en mi típico silencioso asombro con la única interacción de pasar un bol de hielos. A mi lado dos chicas y dos chicos llevan demasiado tiempo dándole al juego que no pasa de moda. Ni siquiera se han dado un beso. No me molestan, claro, pero estarían mejor en otro sitio. De repente pienso que podría ser mi postura la causante de que nadie se haya acercado a hablar conmigo todavía. Quiero parecer accesible y, ya que no voy muy bien vestido, tendría que esforzarme por conseguir una posición abierta y clara, sin pasarse de dicharachera, que no eche atrás, unos gestos unisex, que atrajeran a chicos y chicas. Eso les haría pensar a ellas que mis intenciones no son las básicas, y a ellos que podrían hacerse amigos míos para ir de caza nocturna. En realidad solo me interesa que las tías de la fiesta piensen que quiero socializarme con cualquier sexo, pero si no tengo mucho éxito por mi cuenta, no me vendría mal un amigo pasajero para la aventura de la conquista contrarreloj. Después de otro rato cambiando, adopto una posición que considero idónea para hombres y mujeres, y espero durante un cuarto de hora, con una sonrisa de todo punto discreta y haciendo como que siento la música, pero en silencio y paz, muy interiormente: que se note que aparte de ser social e ir a fiestas también me he labrado una elevada espiritualidad. Noto que he pasado a escuchar la música, sin pretenderlo, al acabar aburrido de las conversaciones ajenas. Tengo dificultades, y hasta dolores, para mantener la compostura porque lo que suena es una mierda, pero nunca se sabe a quién pueden gustarle estas canciones y no quiero hacerle un feo. No descartemos a nadie. Incluso la chica más fea o aburrida puede servirme, aunque sea de lanzadera a amigas suyas más guapas o interesantes. Manejo la posibilidad de que mis pensamientos monosexuales se trasluzcan a mi forma adoptada y las mujeres vislumbren mis bajas pretensiones. También se me pasa por la cabeza que quizás nadie esté deduciendo tantas cosas de mi postura , y deba llevarla al extremo para llamar la atención de alguien, pero corro el peligro de descubrir rasgos de mi interior demasiado profundos para una reunión de esta índole, ya sea a través de mi mirada, mis movimientos al seguir el ritmo de la música o la serenidad al acariciarme suave y reflexivamente la barba, todas ellas habilidades características en mí. Es complicado concordar, sin mediar palabra, mis miedos y vergüenzas con los miedos y vergüenzas de los demás. Si hay que añadir los gustos, la dificultad es de niveles estelares. Es más, constato que llegado a este punto de mi vida, esta fiesta, no sé si lo que debería ser es complementario o suplementario en ese aspecto. Me entra un calor por la frente y las sienes: la duda está ardiendo. Esto me suele pasar cuando me doy cuenta de que realmente no sé cómo funcionan ideas tan elementales y usadas por mí en el día a día. Sobre todo porque me doy cuenta de que puedo haber estado equivocado una eternidad. Ya no quedan hielos. No olvido que debo compaginar todo esto con no parecer un flipado, pensamiento que viene a la cabeza como una salvaje sacudida y me deja aturdido. Rápidamente entro en conciencia de lo estúpido que estoy siendo, y me planteo si además lo estaré pareciendo. Decido entonces, como si hubiera tenido una iluminación, actuar con naturalidad, pero un nanosegundo después recuerdo eso tan interesante que leí en uno de esos libros orientales que imprimo últimamente: que la naturalidad no se puede pensar, ni programar, que dejo de ser natural en el momento que se convierte en una decisión. Estiro piernas y brazos y resoplo. Miro al suelo y veo más basura que piernas. Otra vez me he puesto a pensar.

Un buen día

A las ocho en punto Javier abre los ojos, poniendo fin así a sus plácidas fantasías. Con la mirada del que acaba de soñar cosas que no debería, se asoma a la ventana y ve a su vecina pasar, que lo saluda sonriente, sin razón aparente. Javier se extraña, porque se mudó hace seis meses y nunca han coincidido. Se extraña, pero también obtiene energía extra para este pegajoso día de agosto, que comienza haciéndose un potente huevo frito.
Al salir a la calle se da cuenta de que se ha olvidado las llaves, sabiendo que va a estar todo el verano solo en casa. De repente oye un ruido brusco detrás de él, como si algo impactara contra el suelo. Se gira y las ve ahí mismo. Mira hacia arriba, para ver de dónde han caído, y en una ventana no consigue vislumbrar más que la sombra de una melena al viento.
Después del trabajo, con la ciudad tan calmada como cada mes de verano, se queda paralizado cruzando un paso de cebra: un coche desbocado y sin control se acerca a toda velocidad hacia él. Enseguida, una ciclista, también muy deprisa, lo arroya, con tanta suerte que ambos consiguen caer a suficiente distancia del conductor imprudente. Ella se monta en la bicicleta y se va. Javier, confundido, contempla cómo se alejan ambos. De los nervios le da por volver a comprarse tabaco, tras un parón de ocho meses.
Volviendo a casa, al salir del ascensor, comprueba que la puerta de casa está abierta. Demasiado para un solo día: ¿es el Señor, que hoy ha centrado todos sus experimentos en él? Con su pitillo dándole calor en la boca, entra y mira en los cuartos, pero todo está en orden. Por si acaso, echa un ojo a la cocina, y se quedacongelado mirando la ruleta del fuego de gas que había dado calor a su desayuno, que marca el cinco.
A las ocho y cinco el timbre de casa lo despierta. Abre los ojos, pero ve casi todo negro. Descubre que su cabeza se encuentra apoyada en el bol de los cereales. Da gracias por, inexplicablemente, permanecer en equilibrio y no haberse derramado nada de leche: quiere estar presentable para el otro lado de la puerta.
Se levanta de la silla, se quita las legañas y los pelos desordenados, y abre:
– Javier, ¡no va a creerse lo que le ha pasado! ¡Vaya día ha tenido!

Primeros ratos de lunes

Hace una hora dejó de ser domingo. Un hambre voraz. Lechuga, miel y media berenjena pasada en la nevera. Los bares no me aceptan, están recogiendo. Ah, este sí. Una china sonriente dentro. Un hombre en la tragaperras. Me da algo de tristeza y pido algo para comer. «Pincho de tortilla». Qué alegría. «¿Y de beber?». «Un poleo». «¿Poleo menta?». La china se descojona. Qué buena esta la tortilla. Entra una señora que quiere un cubata y tiempo suficiente para bebérselo tranquila. Yo lo entiendo pero la china no. No sé por qué la china me ríe y sonríe mientras no se entiende con la rubia. Es fea, pero me hace gracia cuando me mira. Tras verlas sin comunicarse durante quizás un minuto, sugiero la pregunta mágica: «¿Cuánto tiempo?». Pide al fin la rubia su bebida. Ninguna domina la lengua española. La china tiene excusa. La rubia… o extranjera o colocada; supongo que lo segundo. También pregunta la marca del zumo. Pide además las páginas amarillas. La china le obsequia con una pajita verde. Después felicita el año. Nadie le responde. Es 11 de enero, coño, no fuerces tanto. El de la tragaperras pide una caña. Joder, yo creía que se iba a ir y le queda rato. Nos miramos en un encuentro fortuito de miradas. Sus ojos parecen congelados. Parecen monedas. Me vuelve a dar algo tristeza. La rubia lleva mordiéndose las uñas desde que ha entrado al bar. ¿Pero no entraba a relajarse? Debería probar otros métodos. «Eso es lo que pasa…», pienso, «…que la gente no cambia sus métodos aunque pase el tiempo y no le funcionen». «Cabezones…». La rubia vuelve a la carga: «¿Viendo algo de China?». Al rato lanza el que podría ser tranquilamente el último intento en su vida de entablar conversación con un desconocido. Fue inolvidable. Aquí va. La rubia coge el móvil. Hace mención de acercarlo a la barra mientras comienza una pregunta. Se dirige a la china. Pronuncia una palabra. No pasa nada. Pronuncia la segunda palabra de la frase. La china, aburrida, interrumpe: «No, no, no, no sé». Era imposible saber el tema de la pregunta. La rubia vuelve a sus uñas y balbucea: «Bueno, pues ahora te esperas a que me acabe el cubata como me has dicho antes…». Tendrá más de 40 años y menos de 50, pero no parece entender todavía la vida. ¿Cómo ha conseguido la rubia cansar a una china tan alegre? «Hay gente con poderes», pienso.