Tres chicas de recuerdo

I
Más de diez años después he olvidado toda la noche, excepto esos cinco segundos. Se me acercó sonriendo y me sugirió que fuéramos al baño. La discoteca pinchaba una canción de dos jovencitas lesbianas; las cuatro —las lesbianas, la canción y Sonia— se llevaban por aquel entonces todos los vítores. Me atreví a rechazar su invitación, porque para mí lo máximo en aquella época era salir de fiesta con pantalones de rapero.

II
He pasado casi todo el día viendo cine y sin dejar de pensar que ya no sé disfrutarlo como de pequeño. Ahora capto cualquier sensación de los protagonistas y las intenciones del director con cada escena, los análisis y los juicios rebotan por mi cabeza sin parar. Preferiría ver las imágenes que llegan a mis ojos sin interpretaciones fusilándome. Después de cada película he pasado unos veinte minutos tumbado intentando asimilarla.
De camino al bar donde habíamos quedado, al observarme dando pasos en soledad, me han venido a la mente aquellos momentos de guerra fría colegial en los que unos y otros intentaban imponerse sobre otros y unos acelerando el paso o entrometiendo la mano y la voz con la excusa de ofrecer el relato de la mejor de las historias vividas por un ser humano. Estos amigos, o compañeros, iban orientando sus vidas hacia el enfrentamiento con los demás, y ya empezaban a poner en práctica métodos para hacerse con el primer puesto social, mediante la exageración de la visibilidad de uno mismo y la invisibilidad del de al lado.
¿Es eso que cae una hoja o un pájaro? Si pienso en una hoja, parece un pájaro. Y si pienso en un pájaro, veo una hoja. Esta mañana no hay nadie por la calle, como todos los domingos. Solo aparecen individuos corriendo o parejas paseando y la mitad son visiones provocadas por lo que tomé anoche. Encima, esos dos se han puesto a discutir. No he podido evitar, cual padre empedernido en sus labores salvadoras, lanzar unos alaridos con un mensaje, a mi parecer iluminador, sobre la inutilidad de las discusiones y sus causas profundas. Sin éxito: aprenderán discutiendo que no hay nada que discutir. Y qué hay peor que una pareja discutiendo. Ya casi nunca me apetece discutir, aunque la chica de antes era muy dura. Dudo que me llame. Me ha costado mucho convencerla para intercambiar teléfonos. Para los besos menos. Qué labios tan tiernos, ¿la volveré a ver? Claudia, creo…

III
Cené con ellas en un sitio cualquiera; con ella y su madre. Invité. O, más bien… pagué. Las que me invitaron fueron sus miradas. En el momento en que la cajera anunció el total de euros, sus ojos las convirtieron en cámaras de seguridad: que están allí, viéndote, pero a la vez no. Me pareció haber pedido tres menúes para mí. «Míralas, parecen dos gatitas hambrientas que no saben ni qué es el dinero, que solo quieren que su ‘papito’ les dé de comer…», le oí decir a mi contaminada mente. Procedí con un billete de veinte y algunas monedas, era lo que aún quedaba en el bolsillo del sueldo de la última semana.
Por la extrañeza de la situación y mis sensaciones, al día siguiente me curé en salud escribiendo hasta la frase anterior. Si algo salía mal siempre podría transformarlo en un texto más y, sin mucha maldad, hacerlo público. No creo que se entere, estoy casi seguro de que Paola leía lo que yo le daba, pero no creo que nunca vaya ella a buscarme.

La fiesta musical

Llego como de puntillas a la fiesta: si hago mucho ruido podría levantar demasiadas expectativas. Y no hace falta ni que salude, ya están todos hablando unos con otros. Algunos me miran de reojo, pero vuelven rápidamente la vista a sus grupos: ¿romper el hielo otra vez para quién sabe si una total ausencia de química? Bastante música de fondo, algo de ruido y conversaciones que ya he oído en otras fiestas. Me uno a un grupo, aprovechando que no me hacen mucho caso y siguen a lo suyo, y me pongo a imaginar lo que se va a decir a continuación. Al poco, viendo que acierto casi todo, empieza a entrarme la risa, de modo que paso de ser invisible a ser penetrado por las miradas disuasorias de cuatro forajidos a punto de desenfundar. Enseguida se me pasa el subidón de tal tontería, así que busco asiento en un hueco de un sofá, desde donde me pongo a observar. A lo lejos veo a unos manejando y compartiendo diferentes sustancias delusorias, supongo que para pasar la fiesta de una forma más amena y evasiva, pero justamente por sus efectos sólo consiguen crear expectación alrededor. Toman un poco de esto, de aquello y de lo otro, que no se acaba nunca, y parece que así soportan mejor a ese grupo que no para de insistir en preguntarles sobre sus viajes siderales, con una curiosidad de primera categoría que no ha vencido, todavía, las decadentes enseñanzas de su pasado. Al fondo está el grupo más numeroso: quince cuento en total repantingado en mi humilde trono. Estos, mucho más correctos, se intercambian bebida y comida, se ríen a medio gas, se sonríen incesantemente, y miran hacia dos o tres puntos, los cuales se encuentran sostenidos en el aire. Ese pequeño cosmos armónico no tiene fisuras. Me acerco buscando algún hueco por donde asomarme al interior de aquella circunferencia vacía, pero ninguno está dispuesto a cambiar la compañía de al lado por una desconocida. Eso me lo dicen su codo disimulado y la sonrisa intranquila que lo acompaña, que yo compasivamente decido traducir en disculpa, ahorrándose así las palabras que no consiguen pronunciar. Desconocedor yo del cansancio, consigo meterme entre dos chicas y exhalo un ruido hueco incomprensible que pretendía querer decir «Hola», mientras agacho la cabeza para seguidamente pasar a mirar hacia uno de esos puntos flotantes. Por suerte, enseguida comprendo que lo que estoy sufriendo es el primer síntoma del contagio y, sin pensarlo dos veces, me doy la vuelta y salgo rumbo al sofá sin mirar atrás.
Se me va un largo rato ensimismado en mi típico silencioso asombro con la única interacción de pasar un bol de hielos. A mi lado dos chicas y dos chicos llevan demasiado tiempo dándole al juego que no pasa de moda. Ni siquiera se han dado un beso. No me molestan, claro, pero estarían mejor en otro sitio. De repente pienso que podría ser mi postura la causante de que nadie se haya acercado a hablar conmigo todavía. Quiero parecer accesible y, ya que no voy muy bien vestido, tendría que esforzarme por conseguir una posición abierta y clara, sin pasarse de dicharachera, que no eche atrás, unos gestos unisex, que atrajeran a chicos y chicas. Eso les haría pensar a ellas que mis intenciones no son las básicas, y a ellos que podrían hacerse amigos míos para ir de caza nocturna. En realidad solo me interesa que las tías de la fiesta piensen que quiero socializarme con cualquier sexo, pero si no tengo mucho éxito por mi cuenta, no me vendría mal un amigo pasajero para la aventura de la conquista contrarreloj. Después de otro rato cambiando, adopto una posición que considero idónea para hombres y mujeres, y espero durante un cuarto de hora, con una sonrisa de todo punto discreta y haciendo como que siento la música, pero en silencio y paz, muy interiormente: que se note que aparte de ser social e ir a fiestas también me he labrado una elevada espiritualidad. Noto que he pasado a escuchar la música, sin pretenderlo, al acabar aburrido de las conversaciones ajenas. Tengo dificultades, y hasta dolores, para mantener la compostura porque lo que suena es una mierda, pero nunca se sabe a quién pueden gustarle estas canciones y no quiero hacerle un feo. No descartemos a nadie. Incluso la chica más fea o aburrida puede servirme, aunque sea de lanzadera a amigas suyas más guapas o interesantes. Manejo la posibilidad de que mis pensamientos monosexuales se trasluzcan a mi forma adoptada y las mujeres vislumbren mis bajas pretensiones. También se me pasa por la cabeza que quizás nadie esté deduciendo tantas cosas de mi postura , y deba llevarla al extremo para llamar la atención de alguien, pero corro el peligro de descubrir rasgos de mi interior demasiado profundos para una reunión de esta índole, ya sea a través de mi mirada, mis movimientos al seguir el ritmo de la música o la serenidad al acariciarme suave y reflexivamente la barba, todas ellas habilidades características en mí. Es complicado concordar, sin mediar palabra, mis miedos y vergüenzas con los miedos y vergüenzas de los demás. Si hay que añadir los gustos, la dificultad es de niveles estelares. Es más, constato que llegado a este punto de mi vida, esta fiesta, no sé si lo que debería ser es complementario o suplementario en ese aspecto. Me entra un calor por la frente y las sienes: la duda está ardiendo. Esto me suele pasar cuando me doy cuenta de que realmente no sé cómo funcionan ideas tan elementales y usadas por mí en el día a día. Sobre todo porque me doy cuenta de que puedo haber estado equivocado una eternidad. Ya no quedan hielos. No olvido que debo compaginar todo esto con no parecer un flipado, pensamiento que viene a la cabeza como una salvaje sacudida y me deja aturdido. Rápidamente entro en conciencia de lo estúpido que estoy siendo, y me planteo si además lo estaré pareciendo. Decido entonces, como si hubiera tenido una iluminación, actuar con naturalidad, pero un nanosegundo después recuerdo eso tan interesante que leí en uno de esos libros orientales que imprimo últimamente: que la naturalidad no se puede pensar, ni programar, que dejo de ser natural en el momento que se convierte en una decisión. Estiro piernas y brazos y resoplo. Miro al suelo y veo más basura que piernas. Otra vez me he puesto a pensar.

Un buen día

A las ocho en punto Javier abre los ojos, poniendo fin así a sus plácidas fantasías. Con la mirada del que acaba de soñar cosas que no debería, se asoma a la ventana y ve a su vecina pasar, que lo saluda sonriente, sin razón aparente. Javier se extraña, porque se mudó hace seis meses y nunca han coincidido. Se extraña, pero también obtiene energía extra para este pegajoso día de agosto, que comienza haciéndose un potente huevo frito.
Al salir a la calle se da cuenta de que se ha olvidado las llaves, sabiendo que va a estar todo el verano solo en casa. De repente oye un ruido brusco detrás de él, como si algo impactara contra el suelo. Se gira y las ve ahí mismo. Mira hacia arriba, para ver de dónde han caído, y en una ventana no consigue vislumbrar más que la sombra de una melena al viento.
Después del trabajo, con la ciudad tan calmada como cada mes de verano, se queda paralizado cruzando un paso de cebra: un coche desbocado y sin control se acerca a toda velocidad hacia él. Enseguida, una ciclista, también muy deprisa, lo arroya, con tanta suerte que ambos consiguen caer a suficiente distancia del conductor imprudente. Ella se monta en la bicicleta y se va. Javier, confundido, contempla cómo se alejan ambos. De los nervios le da por volver a comprarse tabaco, tras un parón de ocho meses.
Volviendo a casa, al salir del ascensor, comprueba que la puerta de casa está abierta. Demasiado para un solo día: ¿es el Señor, que hoy ha centrado todos sus experimentos en él? Con su pitillo dándole calor en la boca, entra y mira en los cuartos, pero todo está en orden. Por si acaso, echa un ojo a la cocina, y se quedacongelado mirando la ruleta del fuego de gas que había dado calor a su desayuno, que marca el cinco.
A las ocho y cinco el timbre de casa lo despierta. Abre los ojos, pero ve casi todo negro. Descubre que su cabeza se encuentra apoyada en el bol de los cereales. Da gracias por, inexplicablemente, permanecer en equilibrio y no haberse derramado nada de leche: quiere estar presentable para el otro lado de la puerta.
Se levanta de la silla, se quita las legañas y los pelos desordenados, y abre:
– Javier, ¡no va a creerse lo que le ha pasado! ¡Vaya día ha tenido!

Primeros ratos de lunes

Hace una hora dejó de ser domingo. Un hambre voraz. Lechuga, miel y media berenjena pasada en la nevera. Los bares no me aceptan, están recogiendo. Ah, este sí. Una china sonriente dentro. Un hombre en la tragaperras. Me da algo de tristeza y pido algo para comer. «Pincho de tortilla». Qué alegría. «¿Y de beber?». «Un poleo». «¿Poleo menta?». La china se descojona. Qué buena esta la tortilla. Entra una señora que quiere un cubata y tiempo suficiente para bebérselo tranquila. Yo lo entiendo pero la china no. No sé por qué la china me ríe y sonríe mientras no se entiende con la rubia. Es fea, pero me hace gracia cuando me mira. Tras verlas sin comunicarse durante quizás un minuto, sugiero la pregunta mágica: «¿Cuánto tiempo?». Pide al fin la rubia su bebida. Ninguna domina la lengua española. La china tiene excusa. La rubia… o extranjera o colocada; supongo que lo segundo. También pregunta la marca del zumo. Pide además las páginas amarillas. La china le obsequia con una pajita verde. Después felicita el año. Nadie le responde. Es 11 de enero, coño, no fuerces tanto. El de la tragaperras pide una caña. Joder, yo creía que se iba a ir y le queda rato. Nos miramos en un encuentro fortuito de miradas. Sus ojos parecen congelados. Parecen monedas. Me vuelve a dar algo tristeza. La rubia lleva mordiéndose las uñas desde que ha entrado al bar. ¿Pero no entraba a relajarse? Debería probar otros métodos. «Eso es lo que pasa…», pienso, «…que la gente no cambia sus métodos aunque pase el tiempo y no le funcionen». «Cabezones…». La rubia vuelve a la carga: «¿Viendo algo de China?». Al rato lanza el que podría ser tranquilamente el último intento en su vida de entablar conversación con un desconocido. Fue inolvidable. Aquí va. La rubia coge el móvil. Hace mención de acercarlo a la barra mientras comienza una pregunta. Se dirige a la china. Pronuncia una palabra. No pasa nada. Pronuncia la segunda palabra de la frase. La china, aburrida, interrumpe: «No, no, no, no sé». Era imposible saber el tema de la pregunta. La rubia vuelve a sus uñas y balbucea: «Bueno, pues ahora te esperas a que me acabe el cubata como me has dicho antes…». Tendrá más de 40 años y menos de 50, pero no parece entender todavía la vida. ¿Cómo ha conseguido la rubia cansar a una china tan alegre? «Hay gente con poderes», pienso.

Notas para una historia

La historia de Rosa, de 66 años.

Su esperanza es ser querida cuando muera. Cree que ya no le queda tiempo para hacer algo por lo que recibir amor estando viva.

Para ello negocia y comercia con el fin de dejar una gorda herencia a sus dos hijos varones, que la odian un poco porque han perdido a su padre y ven injusto que ella siga viva, que no ha hecho nada especial para seguir en este mundo. Les resulta sencillo manifestar su rabia contra un ser débil; a fin de cuentas siempre ha sido simplemente una mujer cocinando y barriendo en una casa de hombres.

Está enferma y delicada, con la muerte rondando su cabeza. Por un lado quiere vivir para ir mejorando la herencia que les dejará a sus hijos, por otro quiere morir porque, según ella, será el momento en el que sus hijos se den cuenta de muchas cosas. Cuanto más va incrementando la fortuna, más feliz se siente por lo que la van a querer cuando no esté. Y por eso mismo cada vez tiene más ganas de vida, y las cantidades de deseo por morir y por vivir van variando.

Al tiempo empieza a odiar a sus hijos. Ellos la han hecho, indirectamente, casi desear la muerte. Y ella, que ha trabajado por ellos y para morir a gusto se ha sentido tan feliz que ha descubierto que puede desear la vida, y se siente triste y tonta por haberla despreciado así por culpa de sus egoístas y desagradecidos hijos.

Así, Rosa se empieza a distanciar. Al distanciamiento de ellos hacia ella se une el de ella hacia ellos. Con el tiempo, sus hijos, acostumbrados a tenerla detrás aunque no quisieran, se extrañan de su ausencia. Se suceden una serie de llamadas por parte de ellos, que no obtienen respuesta. Los hijos se sienten abandonados y, llenos de pánico e incapaces de encontrarla, pasan a preguntar a primos y tíos. Extrañados todos de sus llamadas, contestan que no saben nada. Y no es raro, hace tiempo que nadie de la familia sabía nada de Rosa y sus hijos.

Entonces el que escribe, consciente de su crueldad al estar dramatizando una historia real ya bastante triste y no sentirse muy a gusto, decide dejar todo esto en un esbozo de historia y acabarla ya.

Always love

Cada vez que busco el grupo entre mis discos, pongo esa canción y me acuerdo de cuando, hace años, estábamos los tres en el taxi y decías que con muy poco se podía conseguir hacer una gran canción, pero que qué difícil era encontrar esa fórmula mágica. En el taxi sonaron tus palabras con la canción de fondo. Ahora cada vez que suena la canción, tus palabras de fondo.

¡Alégrate, hombre, qué serio estás!

– ¡Amsterdam!
– ¿Eh?
– ¡Amsterdam! —su amiga se interpone entre las miradas de Laura y mía.

Su amiga cree que me conoce del bar de ayer. Me dice, me repite y me vuelve a repetir, más de lo necesario, que estuvo hablando conmigo sobre un viaje a Holanda. Le digo que no la conozco de nada, que no hablé con chicas ayer, y vuelvo mi atención a los músicos.
El concierto acaba, pero no así su entusiasmo por las causas perdidas.

– ¡Amsterdam! —otra vez.
– ¿Qué? —digo, medio sonriendo, intentando, a pesar de su pesada insistencia, ser simpático.
– Sí que eres tú… ayer estuvimos hablando, ¿no te acuerdas?

Un rato después, aburrido ya de negar, y sin encontrar una forma de hacerlo que la callara, se me ocurre la idea de dejarme llevar y seguir la corriente, gobernado por la graciosa idea de que tanto rollo podría explicarse por sus ganas de entablar conversación de sábado noche conmigo; una de las dos o tres veces en las que una chica ha tomado la iniciativa conmigo. Opto por dejar esa posibilidad viva, aunque solo sea por confirmarlo (la chica, en realidad, no me atrae nada) y me quedo ahí, expectante, mientras sigue la rara conversación y mis amigos se van despidiendo.
A su lado, la rubia comienza a introducirse en la conversación, añadiendo algo de variedad al ya quemado tema del viaje a Amsterdam. Resulta ser más guapa, más mona, y ha conseguido apartar la monotonía de la conversación. Enseguida otros dos amigos suyos se unen a la conversación, aunque esporádicamente. La rubia tiene labia, no muy especial, pero tiene -menos burda que su amiga. Me siento a su lado y, con bastante diferencia, es ella la que lleva el mando de la conversación durante unos minutos. Aunque comencé sin ninguna expectativa física, el acercamiento, la poca gente que queda en el bar y su pasión al hablar empiezan a levantarme el ánimo obsceno; pero me mantengo tranquilo y contento: no se me nota nada.
Uno de sus amigos, algo peculiar, insiste en que le dé mi opinión, delante de ella, sobre el nivel de atracción que ejerce hacia mí. Con tretas malogradas, rehúso indirectamente a responder a tal estupidez. No entiendo nada, y no comparto tales niveles de bajeza para ligar una noche, pero me veo capaz de ponerlos en práctica en pro de un final feliz.
Una vez fuera del bar, van desapareciendo paulatinamente todos los amigos de la rubia, incluida su amiga, la del bulo de Amsterdam. Al despedirse, creo ver complicidad entre mis intenciones y el mensaje de su sonrisa, al cual doy validez por tratarse de amigas, al parecer, bastante íntimas. Ascienden así unos grados mis esperanzas obscenas.
Se suceden temas de conversación como la sociedad, la educación… y se acaba con el cine: de autor, de culto, clásico, francés… Aquí se comienzan a activar mis dispositivos mentales de defensa y huida, pero una vez más escojo no hacerles caso -a los dispositivos, claro-, no tengo nada que hacer en los próximos cuatro días y me apetece probar suerte. Pienso que, a una mala, esta aventurilla podría inspirarme una letra de una canción, o darme una idea para escribir. La rubia es capaz de hablar de cualquier tema largo y tendido y, a decir verdad, con bastante fuerza. Utiliza palabras como vehemencia, dispensar y volátil; desconozco si por puro placer pretencioso, para impresionarme y ganarse unos puntos, o con ambos propósitos. No me importa mucho, su forma de expresarse me mantiene entretenido y las ilusiones carnales están ya en la cúspide: lo he notado al verme aprovechando cualquier despiste suyo para mirarle el culo y las piernas, con resultados bastante satisfactorios. Durante la última media hora solo he sido un espectador de sus conversaciones. No sé hablar de cine, y mi única aportación ha sido decir que no sé hablar de cine porque nunca presto atención a los nombres de directores ni de películas.
Inducido por las ilusiones anteriores, les sigo, a los tres que quedan, de antro en antro, hasta que nos ponemos en camino de ese bar que sabemos con seguridad que estará abierto un miércoles a las tres de la madrugada. Por el camino perdemos a su tío; ya solo tiene que marcharse uno. En mi cabeza todo encaja: ella está haciendo un poco más de tiempo para que lleguemos al bar y nos conozcamos un poco más, cuando entonces se sentirá segura para poder dejar ir a su último amigo.
De repente caigo en que aún no la he visto sonreír.
Ya en el bar con nombre de letra, lo primero que hace es irse al baño. A continuación, tiene lugar la típica conversación que se da siempre que se sucede una situación de estas características, y que es, en realidad -porque es lo más real, sino lo único, que hay en la noche-, lo que subyace a tantas horas nocturnas de palabrería y falsa tímida adulación, que tienen la finalidad de hacer, aunque no sea, adecuado al hombre ante la mujer.

– Yo la he conocido esta noche, tío…

De repente, comprendo la extraña situación al completo y todas mis pretensiones se desvanecen.

– Oye… yo rivalizaría contigo, pero creo que esta chica tiene las cosas muy claras… yo creo que nada, ¿no….? —me dice con un semblante distinto al de horas anteriores.
– No, no, tranquilo… yo soy como una escoba, tú a por ella —le respondo con toda sinceridad.
– Ya ves, vive con su pareja de 42 años… yo creo que esta nada…
– No te preocupes, yo estoy aquí porque no tengo nada que hacer en los próximos cuatro días…
– ¿Eh?

Vuelve del baño. Le devuelvo el paragüas que le estaba guardando. Ya sin ficción en el horizonte, me planteo irme, pero, en cambio, decido quedarme un rato: me apetece ver cómo reacciona ante la vía libre que le he facilitado. Le invita a una cerveza; yo no pido nada. Se sorprenden de que vaya a estar en un bar sin pedir nada y me hacen algún comentario. A mí me sorprenden sus comentarios, en el otro bar tampoco consumí.
Para mi decepción, otros dos desconocidos se agregan al grupo, aunque uno de ellos se volatiliza pronto. Ante el monopolio femenino de la conversación, pese a ser una frente a tres, y el absurdo de la situación, empiezo a aburrirme vertiginosamente. Deduzco que los dos hombres que tengo enfrente tienen un mínimo ápice de acabar la noche acompañados, lo cual me causa cierta pena solidaria durante un instante. Me entran ganas de jugar al ajedrez.
Al rato se suceden una serie de momentos sinsentido, esos que ocurren cuando se une el exceso de volumen de la música a la insuficiencia de interés de unas personas por otras. Entre todos esos ruidos, consigo oír:

– ¡Alégrate, hombre, qué serio estás!