Introspección sobre inmortalizar los momentos

No hay duda de que esta actividad te aleja del momento. La realidad pasa a ser vista a través de una pantalla, tu atención se desvía a una cámara y a los requerimientos para que saque el mejor encuadre posible. Tu función es inmortalizar el momento que otros están viviendo, y así solo consigues perdértelo, lo cual sí es para siempre al no haber dos momentos iguales.
Además, no estar en consonancia con la constante del cambio de las formas va contra la esencia de esta vida humana que disfrutas.

La documentación con fotos y vídeos de los momentos, lugares y personas podría deberse a una incapacidad para apreciar el presente, teniendo que centrarte en algo distinto a lo que está ocurriendo, acción que genera la posibilidad de contemplar en el futuro una imagen de lo que ya se te ha pasado.

Si vives el momento no puedes inmortalizarlo, y viceversa. Allá tú.

Introspección sobre la música de fondo en las reuniones

Esencialmente su función es hacer imposible que se dé el silencio completo. Para algunas personas nada más que un par de segundos de silencio total pueden resultar aburridos, incómodos o insoportables. De esta forma se evita, porque podría provocar:
individualmente, que la mente se aburra por no estar recibiendo más información o que algunos pensamientos indeseados empiecen a brotar sin control;
en la relación con los otros, que los seres reunidos se vean en la situación de disponerse a recibir y a dar una atención que quizás no están preparados para dar ni para recibir. A veces es un alivio saber que nadie nos está escuchando de verdad y que podemos atender distraídamente al resto.

Así que la música se usa para entretener a la mente y para distanciarse y no implicarse al completo en la relación. Y es paradójico, puesto que tiene apariencia de vínculo entre los que se reúnen, que dicen estar compartiendo gusto musical. Sin embargo, la relación entre las personas siempre será más profunda y real si se establece directamente y no a través de medios externos.

La presencia del silencio puede ayudarnos a descubrir quiénes somos en realidad. Y eso, obviamente, es aterrador y odioso para quien intenta, mintiendo, ser nosotros.

Introspección sobre las muertes de los demás

Vivimos dando por sentado que vamos a durar al menos tantos años como la esperanza de vida de nuestro entorno, hasta hacernos viejos y con suerte un poco más.
Por eso, cuando muere un anciano no nos da tanta pena ni acongoje como cuando muere un niño o un joven. Nos entumecemos un poco, pero a la vez sentimos cierta tranquilidad, porque entendemos esa muerte como correcta y lógica y porque, la mayoría, nos vemos todavía alejados de esa edad y, por lo tanto, de la muerte correcta y lógica que ligeramente suponemos.
También existe el pensamiento subterráneo de que sin la posibilidad de realizar grandes esfuerzos y actividades físicas no se puede aprovechar la vida al máximo, por lo que un anciano, al morir, no se ha perdido tanto como un joven, como si el grado de actividad fuera un aspecto de la felicidad o de la plenitud.

Cuando muere un niño o un joven, aparece ante nosotros la posibilidad de morir antes de la fecha de nuestro calendario mental y nos aterra pensar que nosotros podamos acabar también demasiado pronto. Pensamos que el joven o niño ha muerto antes de lo previsto. Se suele decir que le quedaba mucho por vivir, como si la cantidad de tiempo fuera un aspecto de la felicidad o de la plenitud. Como organizamos toda nuestra vida en torno a la idea de que moriremos viejos, tenemos decenas y cientos de planes ocultos para nuestra vida futura y al ego le disgusta mucho que le trastoquen sus predicciones, tanto más cuanta más felicidad le prometan.

En cualquier caso la muerte es vista como un error de la creación, y como tal le tenemos miedo.

Introspección sobre la primera persona del plural

El uso de la primera persona del plural puede ser la versión mental del viejo truco de opinar y actuar mezclándose entre la multitud, para así no responsabilizarse de lo dicho. Al ego le encanta guardarse siempre algo e intentar pasar inadvertido, y este caso se añade al del infinitivo.
En esta ocasión se utiliza «nosotros», «nos» u otras formas cuando en realidad se debería utilizar la correspondiente del singular.
Así el que habla se confunde con la masa, donde uno encuentra esa protección tan cálida que proporciona el respaldo de la cantidad y que anestesia la tristeza por no atreverse a ser uno mismo.
En este caso es muy obvia la identificación con el pensamiento, ya que el que habla quiere evitar que se le descubra por ese pensamiento —como si eso fuera posible—, y por eso elige difuminarse entre la muchedumbre.

Nota: puede haber otros usos de la primera persona del plural, como el de incluirse a uno mismo para atribuirse méritos o acciones de otros.

Introspección sobre ser alguien por los actos

Cuando seguimos la lógica de que los actos tienen un significado y definen quiénes somos, podemos vivir indefinidamente como esclavos del hacer a modo de instrumento para sentirnos vivos o para ser alguien. Una vez se entra en esta dinámica nunca se acaba, puesto que no existe un acto definitivo que complete a una persona totalmente, le dé la satisfacción permanente, la convierta para siempre en alguien o le haga ver la verdad de que simplemente es quien es, no puede ser más de lo que ya es y siempre ha sido.

Si nos suceden cosas desagradables, eventos que aparentemente escapan a nuestro control o imprevistos luchamos contra ellos rechazándolos mentalmente porque creemos que han tenido consecuencias sobre nuestra identidad, que han alterado nuestra esencia o condenado para siempre. Ese rechazo a nosotros mismos nos puede llegar a provocar más estrés y ansiedad que los propios sucesos, aunque darse cuenta de esto puede costar debido a la lógica que estamos siguiendo. Además, podemos ponernos a realizar actos de calidad opuesta para contrarrestar el efecto que esos otros actos tuvieron en nosotros, con lo cual la esclavitud en torno al pasado se aumenta. Actuar suele ser mejor que no hacer nada, pero ni el acto que eliges ni el que no eliges puede cambiar quien eres.

Esta lógica de pensamiento también puede evitar que hagamos cosas que nunca hemos hecho, que nunca hemos visto hacer a nadie, puede minar nuestra iniciativa y creatividad y desactivarnos para la adaptación, el cambio y la evolución. El miedo subyacente a perder nuestra identidad y a convertirnos en algo nuevo y desconocido puede ser tan fuerte que nos alejemos de experiencias que intuyamos transformadoras o que auguren resultados revolucionarios. Puede también darse el caso de que reprimamos pensamientos que tenemos —haciéndolos así más fuertes, justo al contrario de lo que queríamos— por el temor a que esos pensamientos nos conviertan en alguien que no queremos ser.

Los actos pueden decir algo de una persona, pero no la convierten irremediablemente en nada.
Los actos son en pasado. Y tú eres en presente.

Introspección sobre el uso del infinitivo y otros

Algunos ejemplos:

Infinitivo: «Agradecer a los asistentes…»
Participio: «Enfadado por lo sucedido…»
Adjetivo: «Contento por haber podido…», «Feliz por el resultado de…»

Poner infinitivo donde debería haber una forma verbal conjugada permite al locutor que los demás supongan que es él el sujeto protagonista de la historia que cuenta, pero sin tener que expresarlo específicamente. «Agradecer…» no dice quién está agradeciendo, pero locutor y oyente lo dan por hecho.
Esta es una manera de distanciarse —infinitivo, gerundio y participio son formas gramaticalmente impersonales— de lo que se quiere expresar, un método para hablar sin implicarse en el discurso, para impersonalizar el mensaje.
Es frecuente que se use para hablar de uno mismo, sentimientos, pensamientos, para disculparse, pedir perdón o agradecer, por ejemplo. A algunas personas el uso de estas formas puede suavizarles el mal trago que resulta de sincerarse y abrirse a los demás o, quién sabe, de mentir.
En la actualidad el abanico parece seguir ampliándose más allá de las formas impersonales, siendo el objetivo siempre evitar el pronombre personal y el verbo conjugado, con la correspondiente información de la desinencia —que incluiría el sujeto, aunque estuviera omitido—.

Resulta casi lógico, dada la impersonalidad, que esta sea una práctica tan extendida en las redes virtuales y medios de comunicación, a menudo cuando una persona, a través de una máquina, se dirige a cientos o miles que no ve o no conoce. Aunque hay que decir que también se usa en reuniones, conferencias y similares.
Mientras nos esforzamos por personalizar nuestra ropa, nuestro coche, nuestra casa, nuestro móvil y todo tipo de objetos —e incluso mascotas— vamos despersonalizando nuestras relaciones humanas.

Introspección sobre la realidad individual

Ilusión significa, comúnmente, esperanza, pero también irrealidad, si se tienen alucinaciones. La ilusión —entendida según un tercer significado: afán, como quien está haciendo algo con mucha vitalidad— del ser humano por el futuro lo lleva a padecer fascinación por multitud de temas irrelevantes para su día a día y su realización personal, con la consecuente pérdida de tiempo y paz.
¿Qué es la realidad? No sé. Pero sí sé que tu realidad es lo que tienes delante de ti en este momento.
Por ejemplo, un lunes, esa desconocida que está esperando a tu lado en el paso de cebra ya es parte de tu realidad. Por contra, el fin de semana solamente puede tomar forma en tu mente, si lo imaginas. Puede que el fin de semana nunca llegue, no tienen por qué pasar todos los días del calendario.
La desconocida está ahí, quizás rozándote; el fin de semana son solo palabras, imaginación y planificación.
A la desconocida la ves, puedes relacionarte con ella, incluso tocarla. También podrías olerla y abrazarla, por qué no. Si intentas hacer algo con el fin de semana, te será imposible: solo conseguirás planificarlo, y un exceso de planificación tiene grandes posibilidades de llevar al aburrimiento y la repetición. Además, mientras planificas el fin de semana te estás perdiendo a la desconocida, que sí es parte de tu realidad.
Por otro lado, parece que el fin de semana es mucho más excitante y prometedor que las personas que esperan en el paso de cebra. Esto no es así —el fin de semana no existe—, sino que tus palabras y pensamientos te hacen creer que sí. ¿Cómo puede disfrutarse algo que no está ocurriendo?
Al final, esto te lleva a vivir en un estado de permanente espera de un evento brutal que te saciará por completo —y que nunca llega—. Estando a lunes no se puede disfrutar el fin de semana, y el lunes se ha despreciado por no ser un día señalado. Además, es probable que cuando llegue el fin de semana te pongas a planificar el lunes siguiente o el próximo fin de semana. Tu cabeza te obliga a creer que el futuro es prometedor, pero resulta que tú únicamente puedes vivir lo que ven tus ojos. Esta inercia de nuestra mente por no vivir la realidad viene dada por la exposición, durante años, a un mundo que no vive la realidad. Esa es la causa lejana. La causa inmediata —aunque realmente es la misma que la anterior— son las relaciones que establecemos cada día. Los individuos con los que nos relacionamos ejercen una influencia en nosotros, del mismo modo que nosotros la ejercemos sobre ellos. Si soy alcohólico y me relaciono diariamente con un alcohólico, probablemente ambos nos vayamos volviendo más alcohólicos conforme pase el tiempo. Algo así ocurre con la inercia de no vivir nuestra realidad individual. Si nos relacionamos con personas que nunca quieren estar donde están ni ver lo que les rodea, es muy fácil que tendamos a dejarnos llevar por esa corriente y a convertirnos en planificadores profesionales. «¿Cuándo y cómo me volví alcohólico?». Eso no importa, el pasado tampoco se puede vivir.
Sonríe a la desconocida.

Nota: algunos elementos de nuestro mundo actual que pueden hacer que nos distanciemos de nuestra realidad individual son, por ejemplo: las cámaras de fotos, la televisión, los teléfonos móviles, las carreras universitarias, programas políticos y económicos y planes de pensiones.
Otra nota: algunos elementos personales relacionados con nuestro alejamiento de nuestra realidad individual son: el miedo a la incertidumbre del futuro o la necesidad de una estabilidad asegurada infinita, el inconformismo permanente, la no aceptación de uno mismo y creer que las experiencias pasadas por sí solas delimitan las futuras.

Introspección sobre la vergüenza que evita que los adultos se comporten como niños

Algunos adultos piensan que los niños no tienen una visión completamente desarrollada ni acertada sobre la vida. Los consideran desconocedores de la verdadera realidad de la existencia, que es cruel y triste y se descubre con el paso del tiempo. Por eso no les parece lógico ni considerado vivir despreocupados, ponerse a jugar y divertirse sin más, sin algún motivo muy evidente. Estar tranquilo o alegre en cualquier momento porque sí, sin razón, es un síntoma de la falta de experiencia, algo que, indudablemente, será corregido en el futuro. Para ese adulto medio la vida es dura y decadente y solo hay espacio para la celebración cuando tiene lugar algún suceso externo, notorio y superficial, normalmente incluyendo reconocimiento, y únicamente durante un periodo de tiempo establecido, como una fiesta o un banquete. Hacerlo en un momento cualquiera sería una disonancia y una incoherencia —casi una falta de consideración— por las que sentir vergüenza.
A los adultos que se comportan como niños se les mira extrañados y sorprendidos, en estado cercano a la incomprensión.

Introspección sobre el mal tiempo

Hay personas que encuentran cierta alegría cuando hace mucho frío, llueve, nieva o todo a la vez, y solo pueden quedarse en casa.
Si el tiempo es muy insoportable, salir no tiene sentido. Entonces se desvanece la duda de si uno está donde debe, si está haciendo lo correcto, acertando con sus actos: no hay posibilidad de error, quedarse en casa es lo apropiado. Planes, obligaciones, compromisos e incluso deseos quedan silenciados por la necesidad de refugio y calor. De repente todo se puede posponer, nada es tan urgente. Nos relajamos, estamos haciendo lo mejor. Desaparece, por un rato, gran parte de la dualidad que azota nuestras vidas a cada segundo. En ocasiones la dualidad es una tricotomía: dónde estamos, dónde queremos estar y dónde deberíamos estar.

Esta introspección sobre el mal tiempo, además de ser lo que es, también puede ser una metáfora sobre la vida cuando nos encontramos en situaciones extremas que no nos dejan elección. A veces llega a hacer un tiempo tan malo en uno mismo que no tenemos apenas opción, resultando una situación que, aunque dura o complicada, nos da la posibilidad de descubrir qué es lo importante. Pero no es necesario continuar caminando con el dolor hasta los límites inaguantables para que él te enseñe y esclarezca la verdad: puedes convertir esa tricotomía o dualidad en unidad ahora. Simplemente deja de luchar internamente contra la vida, deja que las cosas sean como ya son.

Introspección sobre la comunicación con frases hechas y refranes

Como son conocidas por la sociedad y están aceptadas en general, al usarlas no se pasa tanto miedo a quedar mal, a la vez que se establece cierto acercamiento por ofrecer un elemento común.
Reducen la implicación del hablante y, por consiguiente, del oyente, ya que no suelen incluir al tú ni al yo y, cuando lo hacen, se ignora el elemento personal, ya que se entiende que la frase simplemente es como es y que no se refiere a nadie en concreto —son expresiones creadas en otro momento y lugar—. Además, la persona no hace uso de su creatividad ni originalidad, sino que recurre a la memoria y la repetición, recurso más propio de una máquina ya programada.
La frase hecha generaliza, elimina las circunstancias específicas, individuales e irrepetibles de cada experiencia y situación de la vida de cada persona, y no profundiza en ellas, cayendo así en el típico error de explicar una vida ayudándose de otras. Se deshecha el carácter único de cada momento.
Como último comentario, suelen necesitar la interpretación para extraer el significado. Esta interpretación corre por las cabezas de los presentes, fomentando la conversación mental, la autoconversación. Si la interpretación no se exterioriza, cada uno podría no haber interpretado exactamente lo mismo, lo que se traduce en un empobrecimiento de la comunicación y la relación humanas.