¿Cómo se relaciona el ego con las tradiciones?

Tras presenciar otra noticia más sobre las fiestas del toro de Tordesillas, la parte de mí que quiere salvar al ser humano de su ego se ha activado y me he acabado interesando por cuáles podían ser las razones que provocaban una disputa tan abultada cuando el sentido común parece dejarlo todo en evidencia. Después de escuchar el breve reportaje y dar un paseo en bici conectado con la fuente de toda sabiduría, he dado con esta información. Probablemente muchos de los ciudadanos de Tordesillas que quieren seguir matando toros lentamente no sepan que su enfado —o más bien miedo— no tiene nada que ver las fiestas o los toros, sino con la continuidad o aniquilación de su ego.

Atados a su pasado —el plato preferido del ego—, los defensores de matar al toro de Tordesillas argumentan que la prohibición y/o eliminación no debe tener lugar porque esas fiestas son parte de la tradición y de la cultura —o incluso arte— de la zona, lo que no es otra cosa que justificar la continuación del evento por el mero hecho de haber tenido lugar en el pasado, es decir: que hay que seguir igual porque el año pasado así fue.
A pesar de la violencia que se desprenden de las fiestas del toro de Tordesillas, donde cualquiera ve agresividad, sangre, golpes, lanzas clavándose y una multitud enfervorecida y ansiosa —entre otras cosas—, los simpatizantes no son capaces más que de desear que se reproduzca el mismo final —la muerte del toro— precedido del mismo proceso —su tortura—.

¿Por qué no pueden ver los altos niveles de violencia y crueldad que se desatan contra el toro?
Al ego le encanta el pasado y hará cualquier cosa para que no se lo quites, incluso ignorar el sufrimiento de otros. Los ciudadanos que estén muy apegados a estas fiestas sentirán que si pierden estas fiestas, están perdiendo parte de su esencia como personas —ellas lo llaman tradición o cultura—. Así es como el ego los engaña, ya que no están perdiendo nada. No pueden ver la violencia porque el ego suele verse más a sí mismo y a su posibilidad de morir que a cualquier otra cosa.
Además, como prueba de la fragilidad y debilidad del ego, podemos ver que están buscando —porque lo hace su ego— su identidad en lo externo, en este caso el encierro y muerte del toro. A fin de cuentas, el supuesto disfrute que se genera proviene de la molestia de otro. Miles de humanos dependen de un toro para ser felices durante un rato. ¿A qué dedicarían ese rato si les quitaran esas fiestas y el toro? Esa es una pregunta que probablemente no se quieren hacer. Aquí también podemos ver miedo a la libertad. No quieren liberarse de sus tradiciones ni de su pasado.
Por hacer una analogía, la libertad es el desconocimiento del futuro, no saber qué va a pasar mañana, pasado, el próximo mes ni el año que viene. En cambio, una tradición bien instaurada y a gusto de todos nos garantiza, en este caso, que cada año se van a celebrar las fiestas. El solo hecho de creer —y digo creer porque no se puede saber— que se van a celebrar esas fiestas/tradiciones elimina la indeseada incertidumbre y proporciona cierta tranquilidad y planes para esos días, cosas que al ego le encantan.

También cabe decir que las fiestas del toro de Tordesillas han sido el ejemplo que me ha motivado y del que he escrito aquí, pero podemos aplicar esta información a multitud de tradiciones y simplemente a estados del ser humano que se perpetúan en el tiempo, ya sea individual o colectivamente, y acaban siendo tradiciones, aunque quizás con otros nombres. Muchas veces es el miedo a la libertad lo que hace que alguien permanezca en una situación, a pesar de que esta sea desfavorable, violenta, desagradable, nociva o implique un calvario.

El ego en los niños

Esta noticia (Niños de seis años con anorexia: la obsesión por el peso ya afecta a los más pequeños) es un ejemplo de cómo, progresivamente, los problemas, traumas, complejos, etcétera, de los seres humanos van instalándose en ellos a edades cada vez menores.
Una de las causas reside en los seres humanos más mayores, ya que son los que de alguna manera deciden cómo funciona el sistema económico, social, cultural, ideológico y otros. En un principio —aunque habría que comprobarlo, y no sé cómo, y pronto podría dejar de suceder—, los recién nacidos vienen al mundo limpios en ese respecto, sin ideologías ni teorías sobre política, cuerpo, amistad, solidaridad, derechos, deberes, cultura o dinero. Es por el contacto con otros seres humanos por lo que van desarrollando, como si fuera un contagio, el mecanismo (conocido como ego) que les creará ideas y pensamientos que les harán caer en enfermedades, traumas, conductas desequilibradas, actitudes violentas, sufrimiento y un sinfín de disfunciones humanas.
En los últimos tiempos este mecanismo está creciendo en unas cantidades y a una velocidad que quizás no se hayan dado previamente en la historia de la humanidad. Antes, quizás por no ser tan fuerte ni estar tan desarrollado, los niños podían ser niños durante más tiempo.
Los adultos entendemos como relativamente aceptable o explicable que una persona experimente trastornos de la alimentación a los veinte años —y que el resto de su vida tenga que mantener un equilibrio con su mente para llevar una existencia más o menos alegre—. Eso sí, seguramente cualquiera se horrorice al ver el título de esta noticia. ¿Es más aceptable una edad que otra?
En cualquier caso son estados antinaturales, estados que han sido alterados con respecto al estado natural del ser humano, que está olvidado en la mayoría de los habitantes del planeta. Es un estado que no tiene nada que ver con el que está mayoritariamente instalado. El ego, el mecanismo causante de tales estados, no es parte de la esencia del ser humano, y es por ello que, aunque los médicos todavía no la conocen, existe una forma, que no necesita científicos, de erradicar todos esos comportamientos desviados y anormales. No es la ciencia la que va a salvar al mundo.

Simpatía fingida

En este vídeo una chica búlgara, como si emulara perfectamente a un personaje, una presentadora o una actriz televisiva, aparenta ser simpática mientras recita un poema.
La escena es breve, para evitar que provoque el efecto anestésico y adictivo de la televisión, pero ideal para poder notar la ficción en sus gestos, movimientos y mirada.
El grado de adaptación y adecuación al medio televisivo y sus contenidos y actitudes ficticias es inversamente proporcional a la capacidad de detección de la simpatía fingida que emana esta vídeo.
El hecho de que el audio esté en inglés disminuye la implicación (para aquellos que no lo entiendan), facilitando así la observación de los falsos y forzados ademanes.
Cabe añadir que los comportamientos fraudulentos son muy característicos de la televisión, pero se encuentran también presentes en muchos otros momentos y lugares de la vida, razón por la cual este vídeo es aún más instructivo.
Este ejercicio es únicamente práctico, por lo que corresponde a cada uno evaluar cuál es el grado de simpatía o simpatía fingida que hay en el vídeo.
No dejes que la belleza y las luces te nublen la conciencia y permanece atento, pues en poco está todo.

Manual para alejar la mediocridad de la vida

Permitiendo que a tu alrededor sucedan pequeños momentos con comportamientos y actitudes mediocres, convertirás, poco a poco, tu vida en mediocre.

Conozco dos técnicas para evitar que esto ocurra o vaya a más, y siempre hay, como mínimo, una que funciona.

1. Actuar directamente para que dejen de suceder esas manifestaciones de mediocridad. Si no se encuentra la forma o hay que ser demasiado violento —algo que no se recomienda, pues sería volver a caer en la mediocridad—, hay una segunda técnica.

2. Salir, correr, huir, escapar lo antes posible de esa influencia de mediocridad.

El entrar en contacto con la mediocridad mediante cualquiera de los sentidos, aun haciéndose con buenas intenciones, hará que la mediocridad vaya haciéndose más abundante en tu vida. Como una enredadera sobre tu espíritu.

Qué pasa en Facebook

La manía repetitiva de comentar las fotos de la fiesta. Los que estuvieron presentes en ella suelen comentar alguna característica de sí mismos que no les gustan, siempre desde un punto de vista negativo. Esto responde a un afán y deseo egocéntrico de hablar de sí mismo, disfrazándolo de un comentario negativo. Se acepta más el hablar de sí mismo desde el pesimismo, porque desde el optimismo se corre el peligro de ser tachado de prepotente o creído. ¿Alguien se imagina a otro alguien diciendo “Hala, ¡qué guapo salgo!”? Recordemos que el culto a uno mismo es una de las bases sustentantes de Facebook, pero, como siempre, hay que disfrazarlo.

Hacer clic en “Me gusta” en una foto de otro, o en el tablón de otro, no es más que una reafirmación de lo anterior, aunque también tiene otra finalidad. Cuando clicamos, estamos apoyando a la otra persona, con el único propósito de hacernos notar, pues se publica a quién le ha gustado algo para, por un lado, que la gente se entere de qué es lo que nos gusta, o cómo somos; y dos, para darnos notoriedad, con la esperanza de que alguien se meta en nuestro perfil y nos preste atención. No nos enteraremos jamás de que otro usuario nos ha prestado atención si no hace él clic en alguna de nuestras publicaciones, lo cual significa la realización personal virtual completa de aquel al que le clican.

La función de Facebook como punto de encuentro banal resulta penosa y deprimente comparada con el uso potencial que ostenta. Son, por tanto, sus usuarios los culpables y los encargados de llevar a cabo semejante desperdicio y traición a la historia de la humanidad.

Entrar en Facebook es entrar en una espiral de insatisfacción que el propio sistema incrementa cada vez que iniciamos sesión y nos desconectamos. La insatisfacción de tener una esperanza que nunca se realiza, de algo que no se dice del todo y se queda a medias, de compartir sin compartir, de estar solo sin estar solo, de estar acompañado sin estar acompañado. Es, por lo tanto, un estado incompleto en el que se está, que lleva irremediablemente, como tantas otras cosas que se quedan a medias, a la frustración.
Facebook hoy en día es expresarse sin expresarse. Por eso los tópicos obtienen de él gran parte del alimento que les ayuda a crecer y hacerse más famosos todavía. Porque los usuarios encuentran la forma de expresarse en lo que otros expresaron antes. No están expresando lo que quieren, sino algo que está cerca a lo que quieren en función de lo que ya se expresó antes. Si las palabras ya ponen dificultades para expresarse, usar las de otros limita aún más la propia expresión.

Los mensajes que los usuarios se envían ni siquiera son los mismos que se reciben. Son todo copias totalmente exactas. Están en varias partes a la vez, lo cual, inevitablemente, no puede más que destapar sospechas y desconfianza sobre la autenticidad de la comunicación establecida en ese medio.

Pese a todo, Facebook lo hacen los usuarios, y son los usuarios quienes actúan, aunque sin haberlo hablado específicamente, y sin haber recibido ninguna imposición, de tal o cual manera para darle tal o cual uso.

 


Caesars – Since you’ve been gone